28 de julio de 2026

El carro de madera

«(…) El asesino se especializa en la memoria de sus pasos
las víctimas, solo viven si las hospedas en tu recuerdo
Nuestros muertos nos visitan con las manos llenas
¿Qué sería sin su memoria esta tarde tan larga?…»

Juan Carlos Valle – Poema del olvido (Fragmento)

Al preso político comunista, Manuel Sarmiento Ramírez, lo pusieron con dos jóvenes flechillas de Falange a recoger los cuerpos de los fusilados en el campo de tiro de La Isleta.

Le llamaba la atención como el picón (1) absorbía la sangre de los cadáveres acribillados volviéndose encarnada por instantes:

—Los metíamos en un carretón de madera donde cabían tres o cuatro según su corpulencia o tamaño y los llevábamos ladera abajo desde el paredón de lava hasta la explanada del cuartel de infantería-

Allí los esperaba el conocido como “camión de la carne”, al que describía, Domingo Santana Armas, testigo directo, diciendo “que tanto servía pa traernos aquellos restos de vacas y cochinos llenos de gusanos y moscas verdes pal rancho jediondo, como pa llevarlo cargado de muertos atravesando la ciudad de Las Palmas, dejando un reguero de sangre desde La Isleta bajando con las ruedas escachadas del peso por la calle Faro hasta las fosas comunes del cementerio de Vegueta.”

Manolo nunca pudo olvidar aquel horror recogiendo camaradas que parecían muñecos atravesados por las balas. Muchos conocidos de toda la vida, que pocos meses antes participaban en las reuniones de los sindicatos y las sociedades obreras. Hombres dignos que asesinaban mañana y tarde en tandas de cuatro o cinco:

—Algunos morían dando vivas a la República o la clase trabajadora como valientes defensores de la legalidad democrática- decía ya viejito en la residencia de ancianos de las monjas en Tafira Baja, apretando mis manos desde desde su silla de ruedas con sus dedos desgastados por los años y los recuerdos más tristes que habitaban en su mente como pesadillas:

—Otros eran chiquillos de dieciocho o diecinueve años que llamaban a sus madres llorando antes de la orden de fuego al pelotón- comentaba de repente con aquellos ojos brillantes de niño:

“Sarmiento el de Los Arbejales”, como lo llamaban los compañeros del campo de concentración, aprendió con los años a llevar en lo remoto de su memoria cada rostro, cada momento vivido entre los muertos:

—Los tengo a todos metidos en mi cabeza, no puedo olvidarlos-

(1) Arena o ceniza de los volcanes apagados, gruesa (lapilli), de color negro o rojizo, porosa y de origen basáltico.

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