Matías Vega Guerra, junto a otros miembros del Régimen franquista / LP / DL
«Del campo de La Isleta y de Gando fueron asesinados cientos de hombres que las brigadas del amanecer encabezadas por Eufemiano Fuentes secuestraban de madrugada para molerlos a palos antes de meterles un tiro en la nunca y tirarlos por un barranco, pozo o agujero volcánico…»
Felipe Ramón Hernández Vera
La víspera de El Pino, fiesta de la Patrona de la isla de Gran Canaria en 1937, Juan Justo Suárez y su hermano menor, Santiago, seguían en el campo de concentración de El Lazareto en Gando, actual aeropuerto.
Ambos estaban condenados a muerte por Consejo de Guerra, donde los acusaban de un delito de rebelión.
Meses antes en marzo del mismo año habían fusilado a los cinco de San Lorenzo, encabezados por el alcalde Juan Santana Vega. Como ellos los dos hermanos tenían un plan de evasión para evitar la ejecución.
De madrugada venían frecuentemente camiones con falangistas y policías con el siniestro objetivo de llevarse hombres para torturarlos salvajemente y desaparecerlos en lugares recónditos de todo el territorio insular:
-Donde nadie jamás los pueda encontrar- decía orgulloso el jefe de Falange, Matías Vega Guerra.
Dándose el caso de que paradójicamente solo los condenados a muerte estaban protegidos de esas posibles desapariciones, en cumplimiento de la normativa militar.
-Es esta noche o nunca se rumorea que nos fusilan después de las fiestas- dijo Santiago.
Los dos muchachos tras la durísima jornada de trabajos forzados, picando piedra y cargándolas sin sentido en cestas o al hombro de un lugar a otro de aquel infierno, se miraban en el comedor mientras se alimentaban de aquella especie de sopa con trozos de verdura y cucarachas muertas.
Sin hablarse lo sabían todo, hasta el último detalle de su arriesgada confabulación:
-Morir acribillados a balazos ante un pelotón o jugarnos todo a una carta- le susurró Juan Justo con media sonrisa, mientras los trasladaban escoltados por hombres armados hasta el barracón número cuatro.
A las tres de la mañana entre el canto angustiado de los alcaravanes salieron ambos hermanos del campo trepando una alambrada de más de cinco metros, encaminándose a la carrera hacia la playa de arena de la pequeña península.
Cuando apenas lo imaginaban sonaron los primeros disparos y Santiago cayó fulminado con un tiro en la espalda que le salía por el pecho. Juan Justo trató de reanimarlo y el joven militante de la CNT con el rostro pálido por la muerte inminente logró decirle:
-Sigue tu, no pares de nadar por la costa hacia el sur hasta que no se vean luces. Dale un beso a mamá.
Más historias
Madrugada en La Calzada
El cuidador de alzados
Rosa frente al espejo