1 octubre 2020

Aquel endémico amor por la libertad

Misiones pedagógicas en la Segunda República Española. La Educación del Pueblo por el Pueblo.

En su casa de Risco Blanco le sacaron todos los libros al patio, allí los falangistas los quemaron en una gran hoguera, mientras el pobre Don Ramón recibía los insultos de aquellas bestias con uniforme azul, le pegaban sin parar con las porras de madera en su cabeza, pareciera que quisieran sacarle todo su conocimiento a golpes.

Florita Santiago González

«(…) Estábamos hablando en ese momento en clase de los pisos de vegetación de las Islas Canarias, de como el termófilo podía en ciertas zonas mezclarse con la laurisilva, de la niebla que inundaba la antigua selva Doramas y cubría de un agua fresca y natural esas laderas coloradas y mágicas de la antigua isla de Tamarán. En ese momento se escuchó afuera el bullicio, la llegada de los coches negros de los caciques tomateros del sur, Don Ramón dijo que estuviéramos tranquilos, que no pasaba nada, pero los vimos a los hombres de azul como se bajaban de los coches y se tambaleaban muy borrachos por los efectos del ron de caña. El maestro siguió impartiendo la clase, nos habló de como en las islas había especies vegetales únicas en el mundo, nos explicó lo que era un endémismo, como en donde habíamos nacido existían otros seres vivos que no se daban en ninguna parte del planeta. Pero todo se interrumpió, de un patadón tiraron la puerta de la escuelita al suelo. Las niñas y los niños corrimos todos atemorizados hacia Don Ramón, que inmóvil en su silla junto a la pizarra miraba a los falangistas sin casi inmutarse: -Se acabó la clase maricón- dijo el jefe falangista Juan Barber. Todos llorábamos al ver aquellos hombres armados que amarraron con sogas de pitera las muñecas del profesor a la espalda. Don Ramón nos pedía tranquilidad, que no nos asustáramos decía con su acento andaluz: -Qué no pasa nada mis niños, estos señores solo quieren hablar conmigo, no os asustéis, en breve volveré con ustedes- Los fascistas lo sacaron delante de la escuela y lo arrodillaron ante un crucifijo enorme que traía en sus manos el párroco de Santa Lucía. Luego empezaron a pegarle con las porras de madera, hasta dejarlo en el suelo sin conocimiento en un charco de sangre. Las niñas y niños mirábamos todo desde la puerta, eramos pocos alumnos, no más de diez los que asistíamos en aquel pago, la mayoría teníamos que trabajar con nuestros padres casi desde que cumplíamos los cinco años. Don Ramón recuperó el sentido cuando lo llevaban andando hasta uno de los coches de los ingleses. Tenía el rostro lleno de sangre, solo nos dijo: -Recuerden endémica es la palabra que define lo que es único en un territorio libre- No lo volvimos a ver, con los años supimos que lo habían tirado en un pozo del barranco de Tirajana, ahí seguirá con su humilde traje y sus remiendos en los pantalones grises, tal vez siga enseñando a los empobrecidos en algún lugar del universo…»

Testimonio de Rita Hernández Santiago, vecina en su infancia de Cercados de Araña y Mogán entre los años 1924-1938.

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