«Cuando me despedí de mi padre en la cárcel yo tenía 8 años. Mi tía me pidió que no llorase delante de él para no quitarle el valor. Fue la última vez que lo vi antes de que lo tiraran a la fosa».
Pepica Celda (Hija de represaliado e impulsora de exhumaciones)
Comprender la vivencia heredada de la violencia fascista dentro de las familias requiere reconocer que la búsqueda de sepultura digna trasciende la política, respondiendo a una profunda necesidad humana de reparación y respeto. Esta demanda intergeneracional busca cerrar un duelo prolongado, enfocándose en la dignidad humana por encima de debates ideológicos.
En el año 2010, alguien me soltó una frase que se me quedó grabada a fuego: me dijeron que mi abuelo Francisco, fusilado salvajemente, no era patrimonio de mi familia, sino del partido político al que pertenecía en su día. Aquella agresión verbal no fue un hecho aislado. Hoy en día, la historia se repite con sutiles variaciones. Sigo encontrándome con personas que pretenden matizar o corregir lo que nos ha costado la vida entera. Te dictan qué terminología debes usar, cómo debes denominar tu propia tragedia o de qué manera exacta debes plantear una reivindicación que lleva abierta más de ochenta años.
Ante esto, uno no puede evitar preguntarse: ¿De verdad no comprenden todo lo que hemos pasado? ¿Es tan difícil despojarse de la frialdad del análisis político y ponerse, aunque sea por unos minutos, en el lugar de quienes hemos visto nuestras familias destrozadas? El terrorismo de Estado no solo dejó fosas comunes; dejó un rastro invisible de daños físicos, psicológicos y un miedo heredado que costó décadas sacudirse.
La memoria histórica debe ser una causa apartidista donde el verdadero patrimonio de las víctimas pertenece a sus familias, quienes deben marcar el camino de la justicia, la verdad y la reparación sin instrumentalizar el sufrimiento. Tras décadas de persecución y dolor, es necesario sumar voluntades desde la empatía y la escucha mutua para sanar el pasado y construir un futuro basado en la dignidad.
El propósito de este camino surge desde la empatía, manteniendo siempre como guía el respeto a la sensibilidad de las familias y el reconocimiento a quienes han sostenido el peso de la búsqueda. Solo a través de la escucha mutua y el cuidado compartido es posible sanar el pasado y construir un futuro basado en la justicia y la dignidad.
Al final, este camino solo cobra verdadero sentido a través del trabajo coordinado y solidario por parte de familiares y no familiares. Rescatar de la tierra tanto los huesos de nuestros seres queridos como las ideas de justicia y libertad por las que dieron la vida es una tarea que nos incumbe a todos. Uniendo nuestras fuerzas, ese legado compartido deja de ser una herida abierta para convertirse en el ejemplo y los cimientos indispensables sobre los que construir una sociedad mejor, más justa y más humana.
Una labor colectiva entre las familias y la sociedad, bajo el estricto cumplimiento de la ley para lograr la exhumación y reconocimiento histórico de las víctimas, se disuelve una vez cumplido el objetivo de recuperación, dignificación y sepultura digna, cediendo el protagonismo directo a quienes están dispuestos a llegar hasta el final en nuevos procesos, otros espacios de exterminio y enterramiento. Esta búsqueda familiar, diferenciada del activismo y la militancia, sigue siendo urgente ante los miles de restos que aún permanecen sin rescatar en las islas Canarias ante la pasividad institucional.
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