26 mayo 2022

El periplo insólito de Mundo

Cueva de Cuatro Puertas (Nacho González Oramas)

«Estos te abrían una fosa en cualquier lugar de la isla y a tiros en la cabeza enterraban a los muchachos del Frente Popular, se trataba de ocultar sus crímenes, por eso la isla está llena de espacios de exterminio».

Gustavo Santana Cabrera

El tiro en la nuca le rozó la oreja pero salió impulsado hacia la fosa junto al resto de compañeros que tenían la cabeza destrozada, Raimundo Cebrián, estaba vivo, pero simuló estar muerto, al lado Ramón Sanabria, tenía convulsiones, entonces el falangista madrileño trabajador de Correos en Las Palmas, Dionisio Balaguer, saltó dentro de la fosa y le vació el cargador en el corazón:

-Si no mueren por el cogote mueren por el pecho- dijo entre las risotadas de los cuatro miembros de aquella brigada del amanecer de Falange.

La fosa común estaba ubicada a la altura de Caserones en Telde, muy cerca del poblado troglodita de Cuatro Puertas, allí Mundo contuvo la respiración mientras le caía la tierra encima, cerró los ojos y se colocó entre dos de los cuerpos acribillados, notó el peso de las piedras, del barro y el escombro que lo apretaban contra el fondo del agujero de la muerte, pero percibió que había una cámara de aire gracias a la colocación casual de sus compañeros asesinados, no veía nada, la boca cerrada para no asfixiarse, pero de alguna forma misteriosa podía seguir respirando aunque fuera con dificultad.

Se mantuvo inerte, sin moverse, quieto casi media hora, hasta que dejó de temblar el terreno, estaba a metro y medio de profundidad, al rato comenzó a mover las piernas, a excavar hacia arriba con sus manos destrozadas por la tortura en la mansión de La Marquesa del Valle de Jinámar, utilizada como una especie de comisaría de la muerte.

De repente pudo respirar, vio el cielo estrellado, no había nadie alrededor, solo las huellas de los falangistas, varias botellas de ron vacías en el suelo, la sangre de sus camaradas tras los disparos, le vino la imagen fulgurante a su mente de aquellos instantes terribles: ejecutados uno a uno, detonación tras detonación, con la mano firme en el gatillo de don Tomás del Castillo de Ilurdoz, joven miembro de la realeza isleña, cabecilla de aquel grupo nazi al que llamaban Acción Ciudadana.

Como pudo, casi arrastrándose, se fue barranco abajo, caminó mucho tiempo, hasta que escuchó el sonido del mar, vio una playa de arena y rocas y unas siluetas sacando unas redes de dos barquillas atuneras, se fue acercando tambaleándose hasta que uno de los pescadores lo agarró por la cintura:

-Tranquilo mi niño, aquí tendrás cobijo- le susurró al oído un señor mayor con barba que olía a pescado salado y tabaco negro.

A lo pocos minutos se vio navegando en un mar embravecido, con las olas que movían la pequeña embarcación camino del muelle pesquero de La Garita, los marineros le sonreían con un rostro de tranquilidad que le daba seguridad, lleno de barro y tierra, solo tuvo que confiar en ellos.