27 septiembre 2020

El viaje hacia la oscuridad

Mitin de Falange en la Plaza de Santa Ana, Las Palmas de Gran Canaria, julio de 1937.

Los falanges llegaban y ya traían las listas con los nombres de los presos que iban a desaparecer, los nombraban después de hacernos formar junto a las literas, los amarraban con soga de pitera, luego los metían en los camiones a la fuerza.

Agapito Reyes Del Pino

«(…) Los que sacaban empezando la madrugada del campo de concentración de La Isleta ya no volvían a aparecer, todos lo sabíamos y esperábamos ese momento definitivo, teníamos muy claro que nos llevarían a un lugar oscuro y siniestro, donde nos darían un tiro en la nuca antes de arrojarnos a un pozo, a un agujero volcánico, al fondo del mar con una piedra al cuello ¿Quién podía imaginar que tipo de de «diversión» querían tener esa noche los chicos de Falange? Cuando se llevaban a los compañeros se presentía en el silencio de aquel infierno mucho antes de llegar, de repente se oían los motores de los camiones, las risas de los fascistas, los comentarios jocosos que se dicen con varios pizcos de ron en el buche. Yo los esperaba, estaba mentalizado de que podía tocarme, lloraba en silencio por los compañeros, me sentía un monstruo por no ser capaces de rebelarnos en esos instantes, plantarles cara aunque estuviéramos inmensamente desnutridos, enfermos de tifus o tuberculosis, con el cuerpo repleto de pulgas y piojos, alzarnos aunque nos acribillaran a balazos con sus mauser y pistolas. Sentía vergüenza de ser un libertario y estar tan acobardado, el miedo nos podía. Por eso cuando se los llevaban me aferraba al camastro de la litera, notábamos el dolor de los amigos que se iban para siempre, los padres que pedían pos sus hijos, sabiendo se quedaban solos y en la miseria. Con los años supimos donde los habían tirado después de darles el tiro de gracia, no son solo los sitios que alguna gente conoce, no es solo la Sima Jinámar o los pozos de Arucas y Tenoya, no es solo la Marfea, hay muchos más lugares de exterminio, los espacios de la muerte que seguramente quedarán para siempre impunes y en el más triste de los olvidos. El camión se alejaba, el tintineo de sus motores parecía decirnos adiós para siempre, se perdían por la calle Faro, bajando hasta Albareda y luego al destino que aquellos borrachos vestidos de azul ya habían decidido en las casas de putas de los Arenales. Nunca he podido quitarme de encima esta culpa, nunca he logrado liberarme de este dolor, al menos haber muerto luchando, no aferrados a una manta llena de bichos, rezando para no ser también asesinados…»

Testimonio de Emilio Redondo Herrera, empleado de Correos en Santa Cruz de Tenerife, miembro de la CNT, preso en los campos de concentración de La Isleta y Gando entre 1936-1940.

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