29 de julio de 2026

El viajero

«A veces creo que hay vida en otros planetas, y a veces creo que no. En cualquiera de los dos casos la conclusión es asombrosa».

Carl Sagan

Llega fulgurante el cometa 3I/ATLAS desde los confines del espacio interestelar. Un evento celestial que no es nada habitual para nuestro concepto del tiempo en este pequeño lugar donde nos ha tocado estar en nuestra efímera existencia.

Tan ínfima como un grano de polvo cósmico de esa maravilla natural tan desconocida para la ciencia humana. La Tierra se está estremeciendo por tanta maldad planificada también en estos meses de visita o viaje desde y hacia el misterio, cuando el curioso fenómeno pase cerca de la estrella solar que nos da la vida y posiblemente se ilumine como otros trocitos de universo que de seguro han pasado ya por aquí desde hace millones de años.

Mucho antes de que existiéramos como especie dominante de un planeta que estamos destrozando a pasos agigantados, extinguiendo miles de especies cada semana, destruyendo el clima, alterándolo para que unos pocos que coquetean absurdamente con la inmortalidad y que matan de hambre a sus semejantes, compañeros de viaje por el infinito, se llenen los bolsillos.

Quizá todo iría mejor si llegara el momento de que desaparezcamos para la eternidad y la vida recupere toda esa armonía perdida, desde que apareció el simio erguido en dos patas que simplemente somos, con esa triste capacidad de arrasar por todo.

Cuando vuelva de nuevo la brillantez de 3I/ATLAS en fechas incalculables para nuestros limitados cerebros y ya no estemos, los ojos de otros seres indefinibles lo contemplarán en cualquier noche estrellada. Quedarán los restos de aquel naufragio, de lo que pudo ser y no fue. El final de este viaje, la prehistoria que traerá el futuro, que dejó compuesto en el viento el viejo trovador del caimán verde. Vagabundo del espacio.

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