Mujeres suplicando a las tropas de Franco por la vida de sus familiares prisioneros. Constantina (Sevilla), verano de 1936
«Ya lo mataron al chiquillo, le cortaron las orejas y la lengua al pobre Emilio en El Secadero, luego lo arrodillaron y le destrozaron la nuca de un disparo para tirarlo al pozo de la Finca La Noria en Jinámar.»
Cristóbal Hernández Suárez
-Dame un plato de caldo cilantro antes de que lleguen- dijo el joven pocero Emilio Santana Armas, mientras se escuchaba el camión del Conde y los alaridos de los falangistas deteniendo hombres en la cuesta de La Almatriche.
Saboreaba en silencio el guiso preparado por su abuela Rosita con la vista fija en la vela que utilizaba para estudiar cuando llegaba de trabajar de sol a sol en los tomateros de Los Giles.
Afuera sonaban insultos, llantos, quejas de los que sacaban a golpes de sus casas las Brigadas del Amanecer:
-Mi niño tu tranquilo que no hiciste nada, seguro en unos días estarás de nuevo con nosotras- le susurró Luisa, su madre, al oído en un abrazo fuerte y tierno cuando empezaban a golpear la puerta gritando su nombre.
El muchacho parecía envuelto en una paz difícil de explicar en momentos tan terribles:
-Guarda los libros y la carta que escondí debajo del gallinero y si no vuelvo dáselos a Lupe cuando todo esto afloje-
Las dos mujeres se quedaron en el patio desoladas debajo de la higuera cargada de higos blancos en aquel agosto del 36. Ambas sabían que no lo verían más cuando les sonrió entre el tumulto con las manos amarradas a la espalda.
Más historias
Al alba en Guguy
El selfi
Septiembre del salitre