«(…) Persiguen a Juan García azules perros de presa; y Juan se esconde en el Puerto, donde un gran brazo de piedra se alonga para abrazar todos los barcos que llegan. A Juan abraza también, y los hombres de La Isleta no le llaman Juan García ni le llaman Corredera: Juan el Nuestro le han nombrado, y Juan el Nuestro se queda…»
Pedro Lezcano, Romance del Corredera
El olor a tabaiba amarga y a las primeras retamas de ese piso de vegetación, transición hacia los frondosos pinares del centro de la isla, hacían más especial aquel encuentro.
Damián Santiago, le entregó a Juan García “El Corredera” un lebrillo de gofio recién amasado en Tenteniguada y un queso duro de cabra junto a dos botellas de vino moscatel. El honrado fugitivo de leyenda olía a hierbas aromáticas, una mezcla de romero y orégano moruno. Trasmitía la misma paz de su padre que resistió unas semanas el golpe de estado fascista en el norte de Gran Canaria, al lado del diputado comunista Eduardo Suárez, volando puentes con dinamita ante el avance del horror ilimitado de aquellos seres de la oscuridad.
Se miraron un rato en silencio:
-Tu viejo era un buen hombre, me enteré de su fusilamiento en las cuevas del barranco de Tirajana- le dijo García encendiendo un Virginio mientras miraba aquel paisaje de ensueño.
-Son ya quince años de evasión, jamás te van a detener; y cuando lo hagan o te entregues ya se habrá terminado este infierno y volveremos a ser libres- comentó entre susurros el joven pedrero.
Juan no dijo nada, tan solo se levantó de repente y le dio un fuerte abrazo con el cigarro en la boca. Luego se adentró entre los pinos milenarios sin mirar atrás, dejando un halo de humo del tabaco negro que se mezclaba con la neblina y el rocío del amanecer.
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