Guagua en el parque del Hotel Taoro (Puerto de la Cruz) luciendo esvástica y llevando a bordo a un grupo de marinos alemanes que va de excusión camino de Icod, 1937. (Archivo Manuel Díaz Febles)
«(…) El golpe seco sonó en la pared y yo solo vi sangre y trocitos de huesos contra el suelo. Braulito dejó de llorar, se quedó mirando al techo cuando lo recogimos, parpadeaba pero no lloraba, miraba como pidiendo una explicación a nuestros ojos rojos de rabia…»
Rosa García López
Estaban como fieras rabiosas los patriotas de ultraderecha, pistoleros y sicarios de los dueños de la isla, el 24 de diciembre del 36. Se les veía pasar parriba y pabajo como tiros con caras de mucho odio armados hasta los dientes en sus coches chicos, cedidos por el Conde y los Betancores, desde antes del golpe de estado para que hicieran la “limpia” de mujeres y hombres demócratas con ideas contrarias al fascismo y la iglesia. También sencillamente detenían, torturaban y asesinaban por no haber salido a las calles con banderas de Falange a celebrar el 18 de julio lo que ya era motivo de sospecha.
Mi padre que tenía once años esa triste Navidad me contaba que no paraban los autos a toda velocidad, aunque hubieran grupos de chiquillos jugando al futbol con pelotas de trapo en las pistas de tierra por donde no había más tráfico que el incipiente transporte público que lo llamaban popularmente “coches de hora” por ser tan pocos. Guaguas destarladas que en su mayoría salían de Las Palmas a las tres o las cuatro de la mañana y recorrían media isla pueblo a pueblo hasta llegar a Tejeda o Artenara.
Hubieron muchas detenciones con todo tipo de agresiones a la vista de un pueblo desalado, vecinos de toda la vida que se llevaron y no se les volvió a ver nunca más.
Habían perdido esos días una batalla importante cerca de Zaragoza con cientos de muertes del bando sedicioso o “Nacional”, como se hacían llamar, descargando su venganza y toda su ira sobre un pueblo grancanario desarmado, ya en esas amargas fechas con miles de crímenes fascistas cometidos alevosamente en tan pocos meses, de humildes trabajadores desaparecidos en grietas volcánicas, fosas comunes y pozos de barrancos recónditos.
Iban muy borrachos haciendo eses en sus flamantes vehículos con yugos y flechas pintadas en las puertas, parando en tiendas de aceite y vinagre, bares, comercios y los hogares de quienes creían que podrían ser o tener alguna relación con la República para sacarlos amarrados entre golpes brutales y llevárselos.
Esa noche asesinaron durante un registro en la casa de la Carretera General a mi tío el bebé de cuatro meses Braulio González, como bien saben las personas que me leen de tiempo. Pero antes ya habían llenado de terror y sangre las angostas callejuelas embarradas por el crudo y lluvioso invierno de Tamaraceite.
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