2 de agosto de 2026

Flores de justicia

«Si el eco de sus voces se debilita, pereceremos.»

Paul Éluard

El avance histórico hacia la exhumación de la fosa común del cementerio de Vegueta ya no admite frenos ni obstáculos. Quedan atrás décadas de trabas burocráticas e indiferencia; quedan atrás también los agravios de aquellos personajes sin escrúpulos que, en su día, llegaron a insultar la memoria de los fusilados —vecinos de Tamaraceite y de tantos otros rincones— llamándolos «mamporreros» o «analfabetos».

Hoy, esa mezquindad se contempla sin rencor. Se observa, simplemente, como una triste anécdota de seres desprovistos de empatía y de solidaridad ante el dolor ajeno. La persistencia y la dignidad siempre terminan por imponerse. La larga lucha de las familias y de todas las personas de bien que apoyan esta causa legítima comienza, por fin, a dar sus frutos. La memoria democrática no es una cuestión de revancha, sino de estricta justicia humana.

Mantener encendida esta llama ha sido una tarea titánica y dolorosa. Hablamos de una resistencia de casi un siglo, que comenzó en la clandestinidad más absoluta y bajo el manto del terror de la posguerra. Durante décadas, las viudas y los hijos de los represaliados tuvieron que llorar en secreto, guardando el luto en el ámbito privado frente a un régimen que no solo les arrebató a sus seres queridos, sino que pretendió borrar sus nombres de la historia. Con la llegada de la democracia, la persecución dio paso a un olvido institucionalizado y a un muro de silencios administrativos. Las familias han tenido que batallar año tras año contra la burocracia, la desidia de los sucesivos gobiernos y unos informes técnicos desfavorables que parecían diseñados para perpetuar la parálisis.

Ha sido un camino de un desgaste humano inconmensurable, donde muchos padres e hijos han fallecido con la profunda tristeza de no haber podido recuperar los restos de sus familiares. Sin embargo, el testigo de la memoria pasó con firmeza a los nietos y biznietos. Esta larga travesía no ha erosionado la voluntad del colectivo; al contrario, la ha templado. El logro actual no es una concesión gratuita ni un gesto espontáneo del poder político; es el fruto directo de una persistencia inquebrantable que se ha negado a dejar en el olvido a quienes fueron arrojados a la cal viva, demostrando que el tiempo no debilita los lazos de la sangre ni el deber moral de la justicia.

Esta victoria colectiva es hoy más fuerte que nunca gracias al respaldo de más de treinta organizaciones sociales, políticas, sindicales y culturales de todo el archipiélago. El tejido civil canario ha cerrado filas en torno a la Agrupación de Familiares, transformando una demanda que antes intentaban aislar en un clamor democrático unánime e imparable.

About The Author