27 de julio de 2026

Fragmentos de una mujer

Rosa García López (Archivo familiar)

«Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.
Voy a dormir, nodriza mía, aéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación; la que te guste;
todas son buenas; bájala un poquito.
Déjame sola: oyes romper los brotes…»

Alfonsina Storni

Mi tía abuela Rosa García me decía de niño que Jesucristo era comunista porque repartía todo lo que tenía entre las personas desheredadas y excluidas de la sociedad. Nunca se casó y me contaba que solo tuvo un novio: “El amor de mi vida”, me decía. “Era tan bueno”. No quiso saber nada de las relaciones amorosas cuando tres acontecimientos terribles destrozaron su vida con apenas veinte años:

Primero la desaparición de su amado la misma noche del sábado 18 de julio, nunca más se supo, pero todos sabían que lo habían tirado los falangistas del mismo pueblo tras torturas inenarrables en el pozo de Los Molina en el barranco de Tamaraceite junto a doce compañeros más.

Pocos meses después estaba presente en el asesinato de su sobrino el bebé Braulio la Nochebuena del 36. No pudo evitarlo y se lanzó como una leona herida sobre el nazi cuando le destrozó la cabeza al chiquillo de cuatro meses contra la pared. Le aruñó la cara al grito de “hijo de puta asesino”, antes de que la redujeran de un culatazo de máuser en su cabeza.

Rosa echa pedazos, tan alegre antes, cantarina, juguetona con los niños, cuentacuentos que ella sola conocía. A mí me contó muchos y nunca los encontré en ningún libro. Pienso que se los inventaba por su enorme creatividad de mujer sensible y consciente en la causa revolucionaria de la UHP.

Por eso aquella madrugada yendo a trabajar a los tomateros por el Camino Viejo de San Lorenzo la esperaron los mismos que mataron al niño con más miembros de Falange para violarla salvajemente en grupo entre patadas, vejaciones y golpes brutales.

Rosa no perdió jamás la sonrisa a pesar del inmenso horror vivido. Su “Ni olvido ni perdón”, surgía de su boca bella como un mantra.

Toda la gente se paraba a hablar con ella cuando iba yo de su mano a comprar desde El Puente en La Mayordomía a las tiendas de la Cruz del Ovejero. Un recorrido de menos de dos kilómetros donde podíamos tardar más de dos horas. Siempre había alguien que la besaba y abrazaba:

-Rosita ¿Cómo está?- ahí comenzaba la conversación. Con el tiempo descubrí que aquello era inteligencia emocional, comprensión, empatía ante los problemas de los otros, don de gente, amor por todos los seres.

Los restos de una Rosa poetisa, pizpireta, risueña, guapísima, coqueta, comprometida en la lucha de la clase trabajadora y echa trocitos por el fascismo.

About The Author