Casa de los Coroneles. La Oliva (Fuerteventura). Foto: Curt Hermann (1930-1935)
«(…)Tendida está a pierna suelta/para dormir con holgura./Calarle al hombre el silencio/en esta isla se escucha,/endureciendo sus huesos/y cavándole la tumba./Las aulagas han bordado/la camisa de la angustia/con iniciales que tienen/todas las letras picudas…»
Pedro García Cabrera – Fuerteventura
A Domingo Dumpierrez Marrero, lo detuvieron la noche del 26 de diciembre del 36 en la casa familiar de Betancuria, Fuerteventura. Cuando llegó al cuartelillo de Puerto Cabras ya los falangistas le habían partido un brazo por los golpes en el coche de los Chacones. Allí se encontró con más compañeros conocidos de la isla, muchos miembros de sindicatos y sociedades obreras, además de varios maestros de escuela encerrados en aquel diminuto recinto preparado para cuatro o cinco hombres, donde habían más de cincuenta, hacinados, sin casi poder moverse y pisando sobre orines y excrementos.
Esa misma madrugada los llevaron con las manos amarradas a la espalda al vapor que hacía la ruta de la isla majorera a Lanzarote y Gran Canaria. Los acomodaron a la fuerza entre golpes brutales con barras de hierro en una de las bodegas del buque, unos sobre otros, sin comida ni agua durante todo el viaje.
Cuando al día siguiente casi oscureciendo llegaron al Puerto de Luz y de Las Palmas había dos muertos: un chico muy joven de apellido Caraballo, pescador de Tuineje que murió desangrado por una herida punzante en el estómago producida por un cuchillo de cortar pescado, junto a un señor de unos sesenta años, conocido por Hormiga, vecino de La Oliva, muy popular en el mundo de la lucha canaria, que se durmió durante la travesía y no volvió a despertar con un fuerte golpe en la cabeza y un ojo sacado con una cuchara.
En el Puerto antes del atraque, ante la mirada atónita del pasaje los sacaron a cubierta, parecían los fantasmas de un ejército derrotado. Desde allí los llevaron en fila de uno a una guagua que los esperaba en la explanada del Muelle Pesquero para trasladarlos al campo de concentración de La Isleta, conocido por “El infierno”.
Allí se encontraron con más de cinco mil hombres en su mayoría de la isla redonda, pero también con lanzaroteños, palmeros, gomeros, herreños, tinerfeños. Amontonados en los mugrientos barracones estaba media Canarias. Presos en condiciones insalubres, escuálidos, desnutridos, como esqueletos andantes, sus cuerpos muy dañados por el maltrato, las torturas y el apaleamiento casi constante de los cabos de vara.
Los majoreros se pusieron juntos, como niños buscando amparo y protección de unos a otros. Aquello era solo el principio de una terrible odisea por el horror.
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