Xaime Quessada, Serie negra (1960-70)
«(…) No hay diferencias partidarias, ni planes económicos, ni frases mesiánicas, ni necesidad de cambio que justifique bajo ningún aspecto, un retorno a la violencia, a la deshumanización, a la pérdida de derechos que tanto ha costado conseguir, a la naturalización del odio, al borrado de nuestra historia, de nuestra identidad, al abandono de la memoria, de la búsqueda de la verdad y la justicia…»
Gustavo Santaolalla
-¡Mátame ya hijo de la gran puta cobarde o suéltame pa arrancarte la cabeza!- le dijo Fulgencio Viera, colgado por las piernas, al sargento Robledano de la Guardia Civil, que no paraba de fustigarlo con la pinga de buey rasgándole la mayor parte de su cuerpo.
Casi en un alarido el fascista le increpó:
-No te preocupes que ahora te traemos una sorpresita maricona-
El militante comunista tuvo una pequeña tregua cuando los torturadores salieron de la sala unos minutos, escuchando en el pasillo de la Comisaría de Falange del Colegio de Los Jesuitas en Vegueta una voz femenina que le era familiar, un llanto y un lamento que inundó de silencio por un instante el centro de detención. Dejaron de escucharse los gritos de horror por el brutal maltrato, solo la vocecita de lo que más quería en el mundo. Quiso que aquello solo fuera una pesadilla, que le pegaran un tiro en la nuca y desaparecer de aquel infierno, pero efectivamente era Julia Santana, su esposa, la joven maestra de Tafira, que ensangrentada y una brecha en la cabeza se la pusieron delante y Fulge se vino abajo, el mayor dolor que podía sentir un ser humano.
Ella levantó la mirada y le susurró:
-Tranquilo mi amor, no digas nada, aguanta y no delates a los camaradas. Ya estamos muertos-
El hombre se dejó llevar por una fatiga que le llevó a la inconsciencia. Lo trataron de reanimar con baldes de agua, puñetazos, golpes con barras de hierro y solo obtuvieron una mirada fija a los ojos de Julia sin decir palabra hasta su aliviada muerte.
Más historias
Madrugada en La Calzada
El cuidador de alzados
Rosa frente al espejo