25 mayo 2022

Garrote vil en el cuello de Juan «El nuestro»

Juan, 'El Corredera' ED

“(…) Ya se marcha Juan García dejando claras las cuentas; los caminos donde pisa se llenan de hierbabuena para ocultar las pisadas a quien seguirlas pretenda. Cabreros le llevan leche, queseros queso y manteca; higos tuno come Juan untados con miel de abeja. A veces duerme en techado, otras bajo las estrellas; nadie lo mira pasar, aunque no hay quien no lo vea. Para Juan no hay enemigos: compañeros, compañeras no tienen puertas cerradas cuando su pisada suena. La cueva del Culatón le presta su sombra fresca; Juan no corre aunque le llamen Juan García Corredera…”

Pedro Lezcano (Romance de «El Corredera»)

Un aro de hierro retenía el espanto de Juan García «El Corredera», oprimiéndole la garganta, reventando las cervicales con unas expeditivas vueltas de tuerca; un poco antes el reo pidió un cigarro, un «Mecánico Blanco», al verdugo, se lo encendieron en el mismo banco de ejecución, aspiró un calada fuerte, el cigarro enrojecido en su lumbre parecía sangre de fuego, un volcán en sus labios, lo dejaron por unos minutos, varios guardias civiles y tres funcionarios del gobierno civil observaban el «espectáculo» de un hombre condenado.

El fugitivo de leyenda parecía tranquilo, en paz, consciente de la muerte inminente, miró a los ojos de quienes rodeaban el garrote vil, como si estuviera echando cemento con una pala en la pared de una nueva casa humilde, ante la mirada de una familia ilusionada, orgullosa de tener un techo, ojos de obrero, limpios, todavía olía a romero y hierbas del monte de su fuga ancestral, pupilas insomnes de hombre inocente, arrastrado por las injusticias de un régimen criminal.

El verdugo apretó el cabezal romo, Corredera escupió el cigarro encendido, recordó a su madre acosada por el falangista de Telde, Vicente, el que les cortaba los pechos a las doncellas mientras sus novios estaban hundidos en las trincheras, que violó y destrozó la vida a sus hermanas.

Aquel instrumento estrangulador penetraba la vida y arrancaba la muerte normalmente en un abrir y cerrar de ojos, pero Juan parecía resistir también el apretón en el gaznate, se quedó negro, por instantes los cachetes rojos, blancos amarillos, ojos saltones, como si le fueran a salir de las orbitas.

Apretaba cada vez más, el reo no quiso la capucha, quiso visibilizar los instantes finales, la triste estética del pataleo del reo desapareció por arte de magia con el siniestro instrumento que desfiguraba, estallaba los globos oculares tras condenar al sujeto a un coma irreversible, pero Juan no se sabe como coño resistía, hubiera sido más fácil morir rápido, sentir el mareo irreversible de la muerte, el transito al lugar del misterio, pero decidió joderles el momento final.

El oscuro émbolo le destrozó la sesera pero el errante justiciero no gritaba, no berreaba como otros que habían pasado por lo mismo, tan solo miraba sereno, observaba como el odio de una dictadura criminal se hacía también con su vida, como la de miles de camaradas asesinados en toda la isla.

Se acordó de tantos amigos de rones y farras en las callejuelas de aquel Telde antiguo, de calles mojadas, olor a barro y tomillo, de las luchadas en Caserones, en el Campo España, los partidos de fútbol del Victoria en el campo de tierra del muelle pesquero, de la campaña del Frente Popular donde arrasaron con el bravo Eduardo Suárez, abogado de las tabaqueras también fusilado, Juan se fue en silencio, mirando, con los ojos abiertos, ante aquel verdugo peninsular, que exclamó oliendo a ron perrero, que «ya estaba, ya estaba hecho».

Juan «El nuestro» ya era un muñeco roto, aún muerto parecía digno, su ropa de trabajador humilde, clandestino, en la Factoría Lloret, ropa gris y blanca de canario digno, de hombre honrado en manos de aquellos canallas.