27 de julio de 2026

Hermanas de la memoria

«(…) Y aunque me traten siempre de extraño
Y aunque pasen y pasen los años
No se olvida el recuerdo ni el daño…»

Valeria Castro – El borde del mundo

La vieja casa de tejado en el barrio de El Puente, Tamaraceite, era el hogar de Lola y Rosa García, abuela y tía abuela paternas. Ambas acabaron allí con el paso de los años tras los asesinatos de mi tío el bebé Braulio a manos de un falangista que le rompió la cabeza y del posterior fusilamiento de Pancho mi abuelo por “delito de rebelión”, cuando los que se habían rebelado contra la democracia eran los fascistas.

Aquello era su universo con tabiques de tela que separaban sus dos habitaciones, afuera la humilde cocina donde me preparaban nada más llegar el bocadillo de tortilla francesa con pan de La Milagrosa. Imposible más amor verdadero que no supe quizá valorar del todo y ahora con los años me arrepiento de no haber estado más tiempo con ellas, aunque esas vivencias habiten en mí como un lucero del alba que vive para siempre en el infinito.

Las dos hermanas, mujeres conscientes y comprometidas cuando estalló el horror del golpe de estado llevaban en la memoria todo el horror indefinible. El crimen del niño de cuatro meses en su presencia, el asesinato más brutal cometido por aquel falangista del pueblo en aquel registro buscando al pobre Pancho que se entregó al día siguiente a la Guardia Civil desde su evasión por los páramos perdidos del municipio maldito de San Lorenzo.

El llanto eterno de Lola, su ceguera, la violación múltiple de Rosa por los mismos sicarios cuando iba de madrugada a trabajar en los tomateros por el Camino Viejo, el embarazo forzado, el niño fruto de aquella violencia desmedida nacido muerto entre la oscuridad y la estigmatización de una mujer torturada, humilladay rapada por roja.

No se… Ahora con los años sigo percibiendo el aroma del café con leche y gofio, el cariño que me brindaban sin merecerlo, tan solo por ser sangre de toda aquella sangre derramada injustamente por defender un mundo mejor.

Las recuerdo con fuerza y mucho amor, quizá ese sea el mayor legado de memoria que me dejaron, dos mujeres, el gallinero con aquellas gallinas que parecían parte de la familia, huevos frescos, el perrito podenco, Sombrita, las hormigas que me pasaba horas observando en su minúscula existencia, batallando organizadas por la vida, el olor a flores, la paz del agua de la presa, el respeto de los vecinos por dos mujeres a quienes les habían destrozado la vida.

Quiero volver algún día, rememorarlas, sentarme en la piedra de la entrada donde pasaban el tiempo recordando, sus silencios, los atardeceres y el vivir aferradas a lo que les llenó el corazón de esperanza.

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