Acantilados, litoral y túnel de La Laja (Archivo FEDAC)
«A los condenados a muerte los sacaban de madrugada del campo ante las miradas de los que allí estábamos viendo como se llevaban a nuestros compañeros que ya no volveríamos a ver nunca más. Eran momentos terribles y tratábamos de darles mucho cariño con nuestros abrazos de la despedida.»
Manuel Fajardo Guerra
En la camioneta iban dos falangistas armados y cinco hombres que serían fusilados en tres horas. Juan Brito Tejera, intentaba soltar las ataduras de las muñecas pero la soga de pitera entre más fuerza hacía más se le clavaba en su carne repleta de venas de los duros trabajos agrícolas en los tomateros de Bonny desde que cumplió los doce años.
Llegó a pensar cuando el vehículo pasaba cerca de La Marfea desde el campo de concentración de Gando, atravesando el túnel de La Laja en amputarse las dos manos y lanzarse a la carretera de tierra que iba directo a los barracones junto al paredón de lava de La Isleta atravesando toda la ciudad de Las Palmas. Era imposible, la cuerda chocaba con el hueso y el dolor era insoportable. El joven sobrino del nazi Antonio Wiot lo miraba con cara de burla apuntándolo con el máuser al pecho:
-Dispara hijo de puta, dispara si tienes cojones, yo ya estoy
muerto- le dijo el valiente aparcero con la esperanza de no llegar vivo al fusilamiento.
El fascista con el dedo en el gatillo temblaba ante el rostro enfurecido y sin miedo de Juan. El resto de reos iban con la cabeza agachada sin atreverse a mirar lo que estaba pasando en aquel reducido espacio. Luego se escuchó una detonación y el jornalero salió despedido del vehículo, cayendo por la vereda hasta la playa.
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