Foto: Archivo familiar
«Ese año no hubo Reyes solo unos caramelos de nata de la tienda de Mariquita que nos comimos azorados en un rincón del camastro mientras mi madre lloraba la perdida del niño chico del que todavía se veía la sangre de su cabeza destrozada contra la pared.»
Diego González García
El día que se tomó esta foto, jueves 8 de abril de 1937, mi padre en el centro con un cachorrito de perro en sus brazos, junto a sus hermanos Lorenzo a su derecha y Paco a su izquierda, habían pasado doce días del fusilamiento de mi abuelo Francisco en el paredón de lava del campo de tiro de La Isleta, ciudad de Las Palmas.
La instantánea tomada por un vecino cercano refleja el rostro de la desolación de unos niños huérfanos del horror fascista, que ya habían sido testigos junto a mi abuela Lola y su hermana Rosa del brutal asesinato a manos de un falangista de su hermano Braulio de cuatro meses de edad la noche del 24 de diciembre de 1936 en su humilde hogar de una sola habitación en la Carretera General de Tamaraceite.
Sus pies descalzos lo dicen todo de la pobreza extrema en la que sobrevivían. Sus caras de tristeza me recuerdan a un extracto del poema HALT del cubano Luis Rogelio Nogueras, tras visitar el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau el 21 de octubre de 1979, donde escribió: “Niños que en el último instante envejecieron millones de años”.
Son parte de mi familia marcada para siempre por esos crímenes terribles. Esos chiquillos tuvieron distintas trayectorias vitales, mi padre fue el último en fallecer. Los tres sufrieron ese trauma durante toda su vida. Trauma que se hereda y golpea el corazón de los que seguimos vivos y sufrimos el comportamiento execrable de esos que aún en 2025 tendrían la obligación moral y legal de hacer justicia.
Ante las mentiras y la tergiversación de la historia sobre mis seres más queridos te ofrezco esta imagen. Si observas sus devastadas facciones tendrás respuesta a todas tus dudas y preguntas.
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