29 de julio de 2026

Isla desolada

Grabado de Théodore de Bry. Basado en la obra, "Brevísima relación de la destrucción de las Indias" (1552), de Fray Bartolomé de las Casas

«El exterminio indígena no fue solo físico, fue un epistemicidio que borró miles de formas de entender el cosmos.»

Anónimo

A veces el fútbol te lleva a sitios inesperados. Estaba viendo un rato del Alemania-Curazao y, por pura curiosidad, me puse a buscar algo de información sobre esa pequeña isla caribeña. Lo que empezó como un pasatiempo terminó en un golpe de realidad tremendo al descubrir lo que pasó con su población indígena. Es una historia brutal que echa por tierra, una vez más, ese relato idílico y amable que nos suelen vender sobre el «descubrimiento» de América.

La tragedia de los caquetíos, los habitantes originales de Curazao, empezó por una etiqueta terrible. Los conquistadores españoles decidieron que tanto esa isla como Aruba y Bonaire eran «islas inútiles». ¿El motivo? No tenían oro ni plata. Pero la lógica colonial no desperdiciaba nada: si la tierra no tenía metales, el botín eran las personas.

En 1513, casi toda la población de la isla —unas dos mil personas— fue capturada, encadenada y deportada en masa a La Española. Allí hacían falta manos debido a un colapso demográfico sin precedentes: la población originaria de La Española había sido diezmada en más de un 80% en apenas dos décadas de ocupación. El destino de los habitantes de Curazao fue el infierno en la tierra. Fueron sometidos a ritmos laborales de hasta 14 horas en las minas de cobre y plantaciones, bajo un régimen de desnutrición severa. La introducción de patógenos europeos como la viruela y el sarampión, combinada con el colapso inmunológico por el estrés del cautiverio, hizo el resto. En menos de una generación, el pueblo caquetío fue borrado del mapa y Curazao quedó totalmente desierta, convertida en un páramo fantasmal.

Para conocer esta verdadera historia hay que acudir a la ciencia, que no entiende de mitos patrióticos. La arqueología forense moderna en la región del Caribe ha desenterrado la verdad material de este drama: los análisis óseos en fosas comunes coloniales revelan líneas de arresto del crecimiento por hambruna crónica, artrosis prematura por cargas desproporcionadas y fracturas perimortem causadas por objetos contundentes. No murieron pacíficamente en sus camas por un virus inevitable; murieron debilitados, reventados a trabajar y ejecutados cuando ya no eran útiles.

Da rabia ver cómo la historia oficial sigue maquillando estos episodios como si fueran simples «daños colaterales» o una fatalidad biológica. Lo que pasó en Curazao no fue un encuentro de culturas; fue un saqueo humano y un etnocidio sistemático respaldado por las cifras de los propios archivos coloniales. Detrás de las playas paradisíacas que vemos hoy en las postales se esconde un genocidio estructural. Necesitamos rescatar estos datos de las fosas y de los registros demográficos, porque el silencio también es una forma de complicidad.

Hoy en día, el destino de la isla sigue ligado a las potencias europeas, aunque bajo un marco muy distinto. Curazao pertenece en la actualidad al Reino de los Países Bajos, operando como un país constituyente autónomo desde la disolución de las Antillas Neerlandesas en 2010. Aunque cuenta con su propio gobierno, parlamento y primer ministro para gestionar sus asuntos internos, la administración de la defensa y las relaciones exteriores siguen estando bajo la estricta responsabilidad del gobierno neerlandés. Esta peculiar situación política la mantiene como un punto estratégico y turístico clave en el Caribe meridional, pero también expuesto a las tensiones geopolíticas de la región. Es una ironía de la historia que una isla que una vez fue vaciada y descartada por «inútil», siga operando hoy bajo el paraguas de una corona europea.

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