«El agua muy fría salía a borbotones de la propia tierra inundando de alegría el bosque de la magia, donde las abuelas se encontraban con las mujeres sagradas sentándose en círculo para pedir por todos los seres que habitaban el planeta».
Rosita Bencomo Chinea
Jacinto Quintana Peralta, apenas bajaba a San Pedro desde que murió su madre de tuberculosis en diciembre del 34. Se hizo todavía más ermitaño a sus veinte años, viviendo en aquella cueva cruciforme de los antiguos excavada en la toba basáltica, donde habían habitado sus antepasados todos pastores de cabras y ovejas durante siglos.
El joven aprendió de su abuelo Frasco tradiciones míticas de los legendarios pobladores de las islas, que habían venido miles de años antes del norte de África. Jacinto era capaz de leer y pronunciar palabras del alfabeto desconocido que se quedó inscrito en cuevas y riscos. Hablaba del origen, de cómo llegaron, de su magia y religión animista, de los animales, las montañas o los roques como el de Faneque que veía cada día aparecer entre la niebla como el lugar sagrado donde habitaban los espíritus, las almas de todos los que habían partido.
Allí fue donde se encontró a finales del 36 a dos amigos de La Vecindad de Enfrente, el asentamiento que tras el genocidio pasó a llamarse Barrio de Las Viudas, que evadidos se morían de hambre, flacos, temblando de frío, casi arrastrándose, desnutridos de varios meses de persecución por parte de aquellos demonios de azul que convirtieron la isla en un infierno de muerte y desolación.
Jacinto los alojó en su casa jugándose la vida varios meses. Les daba beletén (1) con gofio, queso duro y los sanaba con infusiones calientes de hierbas recolectadas en la zona que el solo conocía y había heredado de conocimientos ancestrales trasmitidos por su tatarabuela Juana “La Negra”, que aún mantenía la lengua prohibida y lo llevaba de niño cogido de la mano por los páramos solitarios del macizo, mostrándole lo mágico, la esencia de la tierra, el sentido de la existencia, juntos en lo más remoto.
Los hombres partieron una mañana en la oscuridad muy agradecidos, recuperados hacia lo profundo de Linagua por Pino Gordo y no supo más de ellos. Su idea era mantenerse escondidos hasta que toda aquella terrible matanza atenuará y tratar de salir por mar hacia América o la costa africana.
Jacinto se quedó mirándolos en la entrada de la caverna casi inaccesible por lo escarpado y la intensa vegetación de helechos gigantes, jaras, jarones, retamas, codesos, incienso moruno y pinos centenarios de troncos anchos, imposibles de abarcar con varios abrazos, viendo como se alejaban entre la llovizna de la madrugada de marzo del 37:
-Caminen de noche y duerman de día hermanos. Acorán (2) los protegerá- les dijo aunque sabía que ya no lo escuchaban.
(1) Término canario para el calostro, la primera leche de una hembra mamífera después del parto.
(2) Considerado el dios supremo (también llamado Achamán en otras islas), y Magec, el dios del sol. Otros dioses importantes eran Chaxiraxi, la diosa madre, y Guayota, una entidad maligna o demonio.
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