27 de julio de 2026

La ánimas benditas

«Era todo tan oscuro al no existir alumbrado público que cada callejón parecía una barrera infranqueable, cada rincón perdido contenía alguna historia donde el miedo se mezclaba con la brisa.»

Antonio Guzmán Florido

Me contaba historias de almas en pena con antorchas de petróleo que se aparecían en los oscuros senderos laberínticos de Tamaraceite, de burros que caminaban solos y al llegar a unos metros hablaban y no eran équidos sino brujas del pueblo que podían adquirir la forma de cualquier animal:

—Las patas me llegaban al culo bajo aquellas noches oscuras de estrellas sin viento ni nada- decía mi tía Rosa con aquel tono bajito, como si en cualquier momento pudiera pasar algo en algún rincón de la humilde casa de tejado en El puente, de una sola habitación, dividida por una cortina de tela dura que hacía de tabique que separaba a las dos mujeres solas: Lola y Rosa, Rosa y Lola.

Solas ante la falta de sensibilidad familiar con quienes habían sufrido tanto, haber sido sin quererlo las testigas directas del horror y el crimen fascista del niño y del abuelo Pancho, de la salvaje violación masiva que sufrió la relatora de parte de mi conciencia. Cachetes morados, olor a pan recién salido del horno de leña.

Rosa, conocía muchas historias y leyendas de los páramos perdidos de una isla encrucijada por un genocidio canario que no se podía nombrar:

—Tu no digas nada en el colegio, todos saben lo que nos pasó en la familia- insinuaba casi hablándome al oído como hacen los curas en las siniestras confesiones:

—Un día Juanito Zenón, el de los Rabuos se me apareció llegando a Los Cuarteles cuando iba a las cinco de la mañana pa los tomateros. Parecía que estaba vivo, solo que si lo mirabas bien se trasparentaba.

Me rogó que estuviera tranquila que los muertos no hacían nada, que el peligro estaba en aquellos vivos de azul que lo habían ejecutado de un tiro en la nuca junto al Risco de los perros.

Me pidió por su niña de dos años con hidrocefalia, porque sabía que se iba a morir al día siguiente de la aparición: “llévale unos bizcochos de agua esta tarde de Dolorsita Afonso pa que la pobre saboree algo dulce antes del amargor de la muerte”.

Luego se fue despacito montaña arriba hacia el barranco de Los comunistas sonriéndome con la misma cara de hombre bueno que tenía antes de que lo mataran los de la Falange.

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