27 de julio de 2026

«El franquismo sobrevivió gracias a la complicidad del silencio y al miedo inoculado en las casas.»

Manuel Rivas

—Vaya hacia la luz Castrito, déjese ir como si estuviera flotando- le repetía en un guineo continuo Chonita Rivero, “La curandera” de El Lance, bajo los pinos gigantes del frondoso bosque de Carretería, que acogían bajo la fría niebla de octubre la pequeña casa de tejado del viejo pedrero, Castro Quintana Mateo, que le contestaba casi gimiendo:

—Yo no veo luz ninguna cristiana, lo que quiero es morirme ya carajo-

Afuera se escuchaban disparos lejanos como si se hubiera abierto la veda del conejo, gritos de hombres indignados, de otros que gritaban y lloraban de dolor:

—¡Tranquilo Castrito! Que a usted no se lo llevan aunque sea de la Sociedad Obrera, ellos saben que está muy enfermo. Ayer estuve hablando con don Domingo Ponce y don Alfredo Rosales y al preguntarme les dije que ya le quedaba poco, que la “cosa mala” se lo estaba comiendo por dentro-

El viejo se incorporó en el camastro como un resorte, muy demacrado, piel y hueso por la enfermedad terminal farfullando estas palabras:

—¡Hijos de la gran puta! ¡Que vengan coño! Ay tengo detrás de la puerta la escopeta cargada ¡Malditos fascistas de mierda!-

Entonces Lucía, su hija pequeña lo abrazó y le puso un paño mojado de agua fresca del pozo para bajar aquella fiebre que lo estaba consumiendo.

Entonces se escuchó afuera un escándalo de ladridos de los podencos canarios que terminó con chillidos mientras los falangistas de Firgas y Arucas los reventaban a patadas:

—Déjenme salir con la escopeta coño, que los mato a estos cabrones- dijo el anciano casi sin entenderse lo que decía.

Luego entraron Ponce, Rosales y un hijo de la Marquesa, acercándose a la cama. Caminaban muy erguidos, tiesos como garrotes, como si en todo momento tuvieran que demostrar su altivez, la actitud prepotente de los terratenientes agrícolas del norte de Gran Canaria:

—Te estás muriendo viejo maricón zorro, te estas muriendo y no vamos a poder arrancarte la piel a tiras hasta que te cagues encima de dolor. Ya nos follamos entre todos a tu hija Dolores, la más grande, lo que pasa que se murió desangrada por el culo. No aguantó la hombría de los patriotas de la Santa Cruzada- le susurró al oído con su aliento asqueroso a ron y mojo cochino el más joven de los nazis dueños de la isla.

Castro lo escupió en la cara con un escarro de sangre, flema y saliva.

El fascista montó en cólera y le puso la pistola en la cabeza limpiándose con la otra mano la frente con cara de asco:

—Déjalo ¿No te das cuenta que es mejor que se muera sufriendo por el puto cáncer? Así sufre más. No le hagas ese favor- masculló entre risas Rosales.

Castrito los miro sonriendo:

—Yo me muero, pero ustedes no van a estar tranquilos mientras vivan. Les perseguirá por siempre la venganza de nuestro pueblo. Miren patrás cuando vayan solos por cualquier callejón oscuro asquerosos criminales-

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