27 de julio de 2026

La hermandad del calabozo

Cuartelillo del antiguo Ayuntamiento de San Lorenzo. (ALEJANDRO RAMOS)

«(…) Todas estas llagas, hinchazones y heridas/que tus ojos redondos miran hipnotizados/son durísimos golpes/son botas en la cara/demasiado dolor para que te lo oculte/demasiado suplicio para que se me borre…»

Mario Benedetti – Hombre preso que mira a su hijo

Y tras las rejas los casi cuarenta hombres malvivían en el cuartelillo de Tamaraceite ya por quince días sin poder moverse debido al reducido espacio del habitáculo construido para cinco o seis presos en el sótano de la Casa Consistorial. Les tiraban la comida como a perros, que no era más que un balde con agua y mendrugos de pan por las rejas y no conseguían la confrontación que esperaban a pesar del hambre extrema. Los paisanos se organizaban partiendo trozo a trozo el duro alimento y repartiéndolo equitativamente entre todos sin que nadie se quedara sin el exiguo condumio.

De noche los falangistas, todos vecinos del pueblo, conocidos de toda la vida, hasta familiares, los sacaban en grupos reducidos para llevarlos en vehículos de los caciques agrícolas a Los Giles para torturarlos.

Era una tortura repetitiva y brutal, siempre la misma, donde «El verdugo de Tenoya», fiel escudero del niño bien Ezequiel Betancor, les destrozaba la piel y la carne con la pinga de buey (1). Aquel descampado sin casi vegetación ni viviendas cercanas ahogaba los gritos y aullidos desesperados de dolor, tan solo interrumpidos por un:

-¿Les sigo pegando mi amo?- Del lúgubre martirizador.

A quien contestaba el más joven de Los Betancores con un:

-Pisquito más, pisquito más «pariente», que sepan donde se han metido con las huelgas y sus mierdas, que nos salpique la sangre y su carne-

Cuando llegaban con la piel destrozada caían redondos al suelo y el resto de reos les hacían hueco, los abrazaban, se quitaban las camisas y mojándolas en agua se las ponían a modo de alivio fresco en sus espaldas rotas.

Luego los dormían no se sabe todavía, como una madre que cuida a un niño enfermo con fiebre alta y la garganta purulenta.

La hermandad del calabozo pasó allí treinta y siete días, hasta que se los fueron llevando uno a uno al Castillo de San Francisco, a la Comisaría de Luis Antúnez, al Colegio de Los Jesuitas o directamente a los pozos y grietas volcánicas, cuando no pasaban por la humillación de un Consejo de Guerra. La muerte era más rápida, el tiro en la nuca era el mismo, pero se ahorraban la verborrea y el ritual criminal de aquellas bestias demoniacas.

(1) Fusta verga o vergajo de toro utilizada a modo de látigo.

About The Author