9 agosto 2022

La mirada de Leonardo

«(…) Detrás de tus ojos
Tal vez las tinieblas
Por absurdo antojo
A tu mente pueblan…»

Braulio Antonio García Bautista

Carmela Garcia, subía todas las madrugadas con su niño agarrado a los hombros a los tomateros de Los Giles, las demás compañeras la esperaban junto a la casa del Llano de Las Brujas para ayudarla a cargar al pobre Leonardo, que con ocho años tenía una mente de bebé de unos meses por la parálisis cerebral. No podía dejarlo solo por su dependencia desde la noche del 14 de septiembre del 36 en que los falangistas se llevaron a Lucas, “El Pollo de Fraguas, luchador de Las Medianías. Antes de ese día entre los dos lo cuidaban y ella no tenía que trabajar.

Don Ezequiel Betancor, conocido cacique y jefe de Falange, le dio trabajo a la muchacha por pena, porque conocía a su marido de las luchadas en el Campo de España. No lo tuvo fácil por su estigma de viuda de un libertario asesinado, los mayordomos jefes de aparcería, intentaron en distintas ocasiones abusar sexualmente de ella, escapando de milagro de varias salvajes violaciones en grupo por el apoyo constante de las jornaleras, que nunca la dejaban sola en esos parajes desolados donde actuaban impunemente los sicarios de los amos de la isla.

La mañana del 6 de enero de 1937 el chiquillo amaneció muerto, ella lo cargó igual subiendo la cuesta del barranco de Tamaraceite con el cadaver a su espalda, atado con varios pañuelos de luto, no pesaba casi nada, era solo piel y hueso porque los últimos meses lo tenía que alimentar con una jeringuilla de cristal con leche y gofio, la mayor parte lo vomitaba mirándola con media sonrisa, parecía decirle:

-Madre déjeme morir, no quiero ser una carga en su vida-

Así lo percibía Carmela que no llegó a tiempo al encuentro con las aparceras amigas, vagó varias noches con el niño cargado, ella lo sentía calentito, dándole besitos en su cuello como siempre, mostrándole el amor que era capaz de darle desde el misterio de su cabeza perdida entre tinieblas, no quería perder lo único que la mantenía en la vida, perdió el trabajo; y hasta muchos años después había caminantes que afirmaban haberse encontrado con ella, siempre entre la oscuridad, atravesando los páramos perdidos de la tristeza.