27 de julio de 2026

«Yo me quedé mudo cuando los vi salir con los ojos llenos de lágrimas…»

Domingo Santana Armas

El plato frío de aquel caldo de papas cocinado con agua sucia de la aljibe del campo de concentración de Gando, fue la última cena de Francisco González Santana. Juan, el joven alcalde comunista de San Lorenzo, sentado a su lado como siempre parecía buscar el amparo de un veterano militante de solo 41 años y padre de familia. Los rumores de que el fusilamiento sería al día siguiente de aquel domingo nublado y ventoso del 27 de marzo del 37 presagiaban lo peor de sus vidas:

—Mira “Machado” pa seguir aquí como estamos lo mejor será que nos maten ya y descansar de este infierno- le dijo Pancho al pobre Juan, al que no se le quitaba aquella diarrea cronificada de meses que lo tenía consumido. Piel y huesos. Negándole los sicarios de Falange que presumían de patriotas la asistencia sanitaria.

Tan solo el eminente “médico de los pobres”, don Manuel Monasterio, poco antes de que se lo llevaran en el vapor Domine desde el campo de La Isleta para asesinarlo, lo había auscultado en varias ocasiones y dado algunas recomendaciones facultativas, como que bebiera mucha agua para evitar la deshidratación.

¿Pero de dónde sacar el agua si los tenían día y noche muertos de sed? Tan solo un balde de aquel líquido fecal con cucarachas muertas que les ponían en la puerta del pabellón donde tenían que racionarla ciento cincuenta hombres cada día.

Esa noche los de San Lorenzo no durmieron, aunque tenían la esperanza de que de nuevo fuera una falsa alarma para destrozarlos por dentro de miedo aquellos psicópatas. Que pasara la madrugada y no se escuchara el motor del camión de traslado de los condenados a muerte.

Pero no, no sería así. A las cuatro de la mañana se abrieron las puertas y entraron en tromba los hombres armados y a gritos pronunciaron sus nombres, los cuatro nombres de los cinco. Matías López Morales por su condición de militar estaba en el Castillo de San Francisco.

El resto de presos todos se levantaron de las literas de madera para despedirlos. Hubo llantos, lamentaciones, la impotencia de quienes sabían que no los volverían a ver. Les hicieron una especie de pasillo y los fascistas sorprendentemente lo permitieron.

No los molieron a palos. Los dejaron despedirse en un gesto de humanidad incomprensible. Pancho pidió por sus hijos, por su mujer. “Que no les falte de nada”, fue lo último que se le escuchó decir cuando se los llevaban al paredón de lava del campo de tiro, al otro lado de la redonda, la mágica isla del miedo.

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