23 septiembre 2020

La soga al cuello

Muerte por ahorcamiento (Cadena Ser)

Antonio creía que por el Estado de Alarma no iban a presionarlo por unos meses con los recibos atrasados de la hipoteca, como en la tele salía publicidad de CaixaBank diciendo que ayudarían a todos, que eran momentos de unidad, de solidaridad, de apoyar a todo al mundo, sobre todo a los más débiles y empobrecidos.

Pero todo era mentira, las cartas llegaban cada vez más amenazantes, despachos de abogados con nombre rimbombante, donde le decían que lo meterían en un listado de morosos, que el proceso de desahucio se iniciaría si no se abonaban por la vía de urgencia los recibos pendientes.

El joven miraba a Raquel, su niña recién nacida, mientras le cambiaba los pañales, como se reía cuando le ponía la cremita para la irritación, su otra hija, Naiara que con cuatro años se pasaba el día jugando con la gata Pelusa en aquellos días de desescalada, donde todavía no había clase.

Luego comenzaron las llamadas a toda hora, primero al fijo que sonaba y sonaba sin parar, su mujer Arantxa lo miraba desconcertada:

-Yo lo solucionaré, tu tranquila- decía Antonio mientras dejaba descolgado el teléfono.

En menos de unos días el móvil no paraba de sonar, mensajes de texto muy duros, llamadas automáticas a cualquier hora, incluso de madrugada.

-Pero si solo he dejado de pagar cuatro cuotas- pensaba mientras miraba unos tras otros el fleje de notificaciones.

Ya había desechado ir por el banco, la asesora personal que le tenían asignada, una rubia con tacones muy alta que lo miraba con mucho odio, como si estuviera cometiendo un delito, sobre todo cuando la llamó para decirle que lo habían incluido en un Erte, que no podía asumir ese gasto:

-Pues no haberse metido en esta hipoteca, tendrá que pagar hasta el último céntimo o se vera usted condenado en un juicio a tener que pagarlo todo, además de ser desahuciado, le dijo con un odio en los ojos que jamás había visto en nadie.

Antonio preparó aquella mañana de mayo de 2020 la cuerda que había comprado en Leroy Merlin, le hizo el nudo marinero que de niño su padre, pescador ya fallecido del barrio marinero de San Cristobal le había enseñado, le dijo a su mujer que iba a dar una vuelta por la playa, que necesitaba estar solo.

Subió a la zona de ocio del barrio de San José del Álamo y aparcó el coche cerca del parque infantil destrozado, le vinieron muchos recuerdos de cuando iba los sábados venía a ese lugar con Naiara a jugar, los zumitos que se tomaban, las galletas de chocolate que compraban previamente en la tienda de Chanita del barrio de La Suerte.

Se encaminó al rocodromo, no había nadie, el parque estaba desolado, como si aquellos tiempos de pandemia y «vuelta a la normalidad» no animaran a la gente a volver a los asaderos masivos, a las borracheras y los escándalos.

Colocó una piedra grande bajo la instalación de madera, lanzó la cuerda por encima, se subió al montículo, se amarró fuerte el cuello y sin pensarlo dos veces se lanzó al vacío, en ningún momento se arrepintió, no intentó soltarse, solo se dejó ir entre la orina y la imagen de sus niñas en sus pupilas, las nubes que subían sobre la montaña de San Gregorio, se avecinaba lluvia, la carta para el juez se mojaría.

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