Cementerio de Vegueta 1939 (Archivo FEDAC)
«Más de una vez llegamos a ver antes de echarles la tierra encima algún cuerpo retorciéndose con la respiración acelerada. Si avisabas a los jefes te obligaban a dispararles o sencillamente los enterraban vivos».
Ezequiel Rodríguez Jiménez
El 14 de abril de 1937 llevaron un camión con catorce hombres, cifra simbólica, desde el campo de concentración del Lazareto de Gando al cementerio de Vegueta. Todos muy jóvenes, todos jornaleros sindicalistas agrícolas de la Federación Obrera. No incluyeron en la siniestra conmemoración a ningún preso conocido de sagas con peso en la sociedad de la isla de Gran Canaria. La elección fue clara: pura clase trabajadora, nada de intelectuales ni niños ricos que de alguna forma tenían “amistades” sus familias entre los mandos de los genocidas.
Cuando llegaron a las seis de la tarde había fuera muchas mujeres enlutadas, algunas con sus hijos en brazos, esperando ver llegar en los “camiones de la carne” que venían del paredón del campo de tiro de La Isleta por un instante los cuerpos acribillados de sus seres queridos, siempre a la reglamentaria distancia que permitían los guardias civiles armados que rodeaban el campo santo.
A los catorce del señalado día de humillación a la República en su aniversario más negro los metieron caminando con las manos amarradas, tristes, desolados, temblando de miedo, tambaleándose.
Formándolos a golpes los arrodillaron a pie de fosa común, parecían guiñapos bañados en sangre por la tortura; y uno a uno, metódicamente, como si lo hubieran estado haciendo toda la vida, les fueron disparando en la nuca, uno tras otro mientras caían sobre el resto de cadáveres; y cada detonación estremecía las fincas de plataneras que inundaban la Vega de San José espantando a los mirlos y alcaravanes, incrustando hasta la médula del alma aquel miedo ancestral que sigue habitando en tanta buena gente víctima del horror.
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