«No tenía mucho que diferenciarse de los campos nazis, aquello era el demonio, donde nos daban leña todo el día y sacaban hombres para desaparecerlos a cualquier hora.»
Damián Ramírez Ramírez
Mi padre recordaba que cuando mi abuela lo llevaba junto a sus dos hermanos caminando desde Tamaraceite hasta el campo de concentración de La Isleta, lo más que le llamaba la atención era el aspecto destruido de los presos, todos llenos de heridas en sus rostros, muchos cojeando, otros con los brazos en cabestrillo, demacrados, “parecían muertos”, exclamaba. Muy flacos, tambaleándose por el hambre, los ojos inundados de tristeza, llorosos, como si no tuvieran esperanza en seguir viviendo.
Mi abuela le decía a los chiquillos cuando iban de camino que visitarían un sitio muy bonito. Así los engañaba en su inocencia ante aquel horror:
-Papá trabaja ahora en un circo, se lo pasa muy bien con sus amigos-
Mi viejo me contaba que era casi imposible escucharlo entre el griterío de las miles de familias separados por tres alambradas con espinos. Se consolaban viéndolo y él mirando a su familia destrozada por la miseria y la desesperación.
Hombres armados con uniformes de Falange custodiaban y escuchaban las conversaciones como fieras rabiosas. Intimidando con sus miradas de odio en los apenas veinte minutos de visita.
Luego regresar atravesando el istmo de arena, todo Guanarteme y subir la cuesta de diez kilómetros hasta el pueblo. Me comentaba que volvían en silencio y que mi abuela no paraba de repetir:
-¿Vieron? Está muy bien en su nuevo trabajo. Dentro de poco volverá a casa-
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