27 de julio de 2026

La zona de interés

Algunos de los condenados por el asalto al cuartel de La Isleta (enero 1937) en busca de armas para la resistencia

«La pasividad voluntaria, condicionada durante generaciones, es el fundamento y la fuente del fascismo

Hannah Arendt

Era difícil llevar una vida normal a la vecindad de La Isleta que vivía cerca del campo de concentración:

—Yo solo tenía que cruzar la calle y allí estaban las alambradas rodeando aquel infierno. Día y noche se escuchaban los gritos de aquellos desgraciados sufriendo todo tipo de aberraciones. Los disparos cuando menos lo esperábamos, “algún tiro en la nuca”, decía el abuelo Pedro postrado en la cama por el párkinson. Nuestra vida aquellos años tras la rebelión militar era eso hasta que por la cantidad de presos. Miles de hombres destrozados, tuvieron que llevárselos por mar hasta el Lazareto de Gando. Allí junto a lo que ahora es el aeropuerto de Gran Canaria- me contaba Dolores Brito Rodríguez, que en el 36 todavía era una niña de once años:

—Me acuerdo del mal olor y los chinches que se nos metían en las casas procedentes del interior del campo nazi donde aquellos perros fascistas masacraban a lo mejor de nuestro pueblo- me dijo una vez Antonio Dávila Tejera, un viejo comunista después de salir de la prisión del Puerto de Santa María, donde pasó parte de su condena de treinta años de la que solo cumplió nueve, cuatro en Barranco seco, Las Palmas y el resto en el penal andaluz.

El exterior del campo, sus habitantes jamás olvidaron el atronador sonido de los fusilamientos, madrugada y tarde, todos los días durante años:

—Luego los tiros de gracia: pim, pam, pum, uno tras otro; y los vítores, los silbidos del público asistente: falangistas, oficiales, guardias civiles con sus familias, incluso niños, que parecía celebraban los goles del Victoria en lugar de estar viendo hombres acribillados, sangre en el barro, cabezas destrozadas por balas asesinas, camiones cargados con cadáveres dejando el reguero de sangre hacia hacia las fosas comunes- me contaba también Mariquita Pérez Galindo con noventa años en el asilo de ancianos de Tafira Baja.

Aquello era la triste “zona de interés”, donde ese sector de buena gente, sencilla y honrada, isletera de corazón, sufrieron un trauma jamás olvidado, grabado a fuego en sus conciencias.

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