27 de julio de 2026

Las cenizas del saltador

Saltador en el Barranco de las Angustias, isla de La Palma, años 50.

«Se tiran por los mismos riscos abajo… de diez, quince o veinte estados (medidas) de alto, con la ligereza de unas cabras.»

Fray Juan de Abreu Galindo (Cronista e historiador, siglo XVII), describiendo la destreza de los primeros canarios en su obra sobre la historia del archipiélago

Junto al Pino de la Virgen, subiendo despacio hacia los confines infinitos del bosque cerrado, la tierra grancanaria se abrió para recibir el último rastro del rebelde. Las dos nietas de Pedro «El Saltador» enterraron allí las cenizas de su noble cuerpo, cumpliendo el regreso sagrado de quien tuvo que poner un océano de por medio para salvar la vida. Atrás quedaba el exilio largo en la Quebrada de Humahuaca, ese rincón andino, andado y desértico, cerquita de la frontera argentina con Bolivia donde el viejo miliciano arrastró la nostalgia de sus pinos y sus riscos.

Pedro partió en barco desde el Puerto de La Luz tras recorrer la isla a salto de mata, burlando los cercos y construyendo, sin buscarlo, una leyenda de resistencia viva en las cumbres. «Porque no teníamos pa la lucha armada contra esos criminales fascistas», solía repetir en la distancia, justificando con amargura la evasión necesaria tras el golpe del 36. Pero mientras tuvo suelo bajo las alpargatas, la cumbre fue suya y de nadie más. Con el conocimiento absoluto de cada andén y cada degollada, él solo se hacía con diez o doce falangistas y Guardias Civiles en sus estratagemas, volviéndolos locos entre los llanos de San Pedro y los riscos verticales de Tamadaba y Linagua, donde los matones de camisa azul y los del tricornio maldito nunca pudieron darle caza.

Las nietas dejaron las cenizas en el corazón del pinar, allí donde el verdor se confunde con la niebla, devolviendo al guerrillero al paisaje que lo amparó en los meses del terror. Pedro «El Saltador» regresó a su isla no en los registros oficiales, sino en el viento que bate la cumbre, libre al fin del exilio y del olvido, sembrado para siempre en la memoria de los barrancos que lo vieron luchar.

En las tardes polvorientas de la Quebrada, cuando el sol andino se ponía tiñendo de rojo los cerros del norte argentino, Pedro se sentaba en la hamaca del porche fumando tabaco negro a mirar la frontera. No veía el desierto ni las cardoneras; sus ojos, gastados por el exilio, viajaban miles de kilómetros atrás, directo a la humedad vertical de los riscos de Tamadaba, la verticalidad de Linagua, las hermanas se sentaban a sus pies, fascinadas por las historias de aquel abuelo que hablaba con un acento cantarín y lejano, poblando la sequedad de Jujuy con relatos de pinos infinitos, nieblas densas y abismos que caían directo al mar.

Pedro les contaba cómo el relieve de Gran Canaria se convirtió en su único aliado cuando los camiones de Falange empezaron a cazar hombres en los llanos de San Pedro. Les explicaba el arte del salto del pastor, la lucha del garrote, el secreto de apoyar el regatón de hierro que sostenía la madera de árboles antiguos en el vacío para deslizarse por paredes de piedra donde los perseguidores, cargados con sus pesados máuser, solo encontraban vértigo y muerte. «El truco, mis niñas, era dejarlos que se confiaran», les decía con una sonrisa pícara que le devolvía por un momento la juventud. Les narraba cómo los volvía locos: pisaba adrede en el barro para dejar un rastro falso hacia un acantilado y luego, de un brinco limpio, se ocultaba en cuevas naturales que solo los pastores conocían, dejando que las Brigadas del Amanecer dispararan a las sombras de la noche mientras él respiraba a pocos metros, amparado por el olor a pino y a retama.

Para las nietas, Tamadaba no era un mapa, sino un reino mágico donde su abuelo había sido invisible. Pedro les describía el frío de la cumbre, ese viento que bajaba limpio desde el cielo de la isla y que le limpiaba el miedo del cuerpo tras pasar jornadas enteras escondido, alimentándose de gofio amasado, higos secos y agua de los nacientes. Aquellos recuerdos, sembrados entre la tierra de Humahuaca y la nostalgia de la frontera, fueron el mapa invisible que las dos jóvenes guardaron en el alma. Por eso, años después, al subir con las cenizas hacia el bosque cerrado de Faneque, no se sintieron extrañas; sabían perfectamente qué pino gigante buscar porque el viejo Saltador se lo había dibujado con palabras cada tarde de su vida.

Al bajar del avión, el aire de Gran Canaria las golpeó de frente con un olor que no conocían, pero que supieron nombrar al instante: era la mezcla de salitre y tierra húmeda que el abuelo les había dibujado en la terracita de Humahuaca. Las dos hermanas se miraron sin decir nada, apretando la mochila donde la urna viajaba en silencio, burlando el último control de pasaportes como Pedro había burlado los cercos en el 36. Para ellas, que se habían criado entre los cerros de colores y la sequedad del norte argentino, pisar la isla fue como entrar de golpe en el libro de cuentos que las había arrullado durante toda la infancia.

Tomaron la carretera del norte, subiendo hacia las medianías, y el paisaje empezó a desnudarse tal y como Pedro lo guardaba en su nostalgia. Al pasar por los llanos de San Pedro, el Barrio de Las Viudas, las nietas se pegaron a los cristales del coche, con los ojos abiertos de par en par. Allí estaban las paredes de piedra, los barrancos profundos que se hundían hacia la costa y la silueta imponente de los riscos del fin del mundo recortándose contra las nubes. No necesitaron mapas ni guías; reconocieron el andén donde el viejo les decía que dejaba el rastro falso para volver locos a los falangistas, y el rincón oscuro entre las rocas donde el agua helada de los nacientes le había salvado la vida mientras la isla se desangraba allá abajo.

Cuando la carretera se internó en el bosque cerrado de y los primeros pinos canarios las envolvieron con su sombra verde y su olor a pinocha seca, las jóvenes rompieron a llorar. Era exactamente la misma niebla que Pedro describía con la voz quebrada en las tardes polvorientas de Jujuy. Cada árbol parecía un viejo conocido, cada risco una fortaleza que había protegido su propia existencia antes de que ellas nacieran. Con los pies hundidos en el picón de la cumbre, supieron que el viaje del exilio había terminado; el viejo Saltador estaba por fin en casa, y ellas, las niñas de la Quebrada, acababan de encontrar la raíz de su propia historia en los confines más remotos de la isla.

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