27 de julio de 2026

Libros quemados

Quema de libros en el patio de la Universidad Central de Madrid, en la calle San Bernardo. Año 1939

«Allí donde se queman los libros, se acaba quemando también a seres humanos».

Heinrich Heine

A Luis Perdomo Suárez, lo primero que le registraron fue la biblioteca del cuarto de la azotea en el barrio de La Isleta. De los siete falangistas de Las Palmas solo uno sabía leer y escribir, el resto se guiaba por los dibujos de las portadas que tiraban violentamente por la ventana al patio interior donde los flechillas tenían preparada una hoguera.

Su hermana María Rosa que era maestra, veía como se quemaban las obras completas de Whitman, Tolstói, Neruda, hasta varios de San Juan de la Cruz que ardían inexplicablemente sobre una montaña de obras maestras de la literatura, mientras arriba apalizaban al joven Luisito que a sus veinte años jamás le paso por la mente que aquello pudiera estar sucediendo:

—Amarra bien a la roja que ahora va a saber lo que es un patriota y no los maricones de la Casa del Pueblo- dijo el más “ilustrado” con una medalla en el hombro de su brazo mutilado por metralla del frente de Aragón.

Los libros caían como mariposas que flotaban por la brisa marina del humilde barrio pesquero. Luis bañado en sangre alcanzó a decir antes del tiro en la nuca:

—Ese no que es de Unamuno-

El fuego se extendió y quemó el viejo drago centenario, ante el vuelo atemorizado de los mirlos tratando de salvar sus nidos.

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