26 mayo 2022

Lluvia en los ojos

Käthe Kollwitz, Not (Misère) (1930)

«(…) Asciende, rueda, vuela,
creador del alba y mayo.
Alumbra. Ven. Y colma
el fondo de mis brazos…»

Miguel Hernández (Niño)

Tras el diagnostico del médico de Guanarteme el chiquillo ya se había ido a un lugar desconocido, su gesto cambió desde el preciso instante en que el falangista le golpeó la cabeza contra la pared, tenía los ojitos abiertos, parecía mirarlo todo pero no interactuaba ante ningún estimulo, solo pestañeaba alguna vez, un movimiento leve, como si le diera el viento en sus ojitos y se los moviera.

La hemorragia se pudo reducir con los paños mojados que le puso Rosa, la presión hizo que la sangre parara de brotar pero la cabeza estaba hinchada, roja en el lugar del impacto, si se le tocaba la herida latía como si tuviera un corazón dentro de su cráneo, ya no movía los piececitos, no le brillaba el rostro, no sonreía, como si se hubiera convertido en un muñequito roto, sin vida, ojos abiertos, mirándolo todo, pero solo lo que se ponía al alcance de su vista, una especie de ángulo de la muerte, tal vez sea así ese instante final y sigamos viendo el final de la vida si nadie nos cierra los párpados.

En Tamaraceite llovía cuando empezó el amanecer y se divisaba la montaña de San Gregorio cubierta por la tarosada, una lluvia fina que hacía ese ruidito sobre el viejo techo de palma y barro, Lola no lo soltaba, lo apretaba contra su pecho, trataba de que Braulito se aferrara a su pezón, pero el bebé no mamaba, inerte, los labios se le fueron poniendo cada vez más negros, su carita muy pálida, hasta que toda la familia cayó en la cuenta de que ya estaba muerto.

Solo su madre lo mantenía en sus brazos, acogido tiernamente, como si estuviera vivo ante los tres hermanos sentados en un rincón de la humilde habitación, para ella no podía morir nunca, lo acariciaba sin parar de llorar, sabía en el fondo de su corazón que su ilusión era ficticia, que aquello ya no era una tremenda pesadilla, más bien la cruda realidad, que por mucho que se pellizcara el interior de sus muslos jamás despertaría de aquel sueño terrible.