«Ellos mataron al perro en la portada y luego derribaron la puerta, tu abuela les hizo frente y de un empujón la tiraron patrás y casi le parten la espalda, los niños estaban en un rincón llorando desalados, el pobre Braulio se llevó la peor parte porque al no dejar de llorar encochinó al falangista que le destrozó la cabeza…»
Rosa García López
El viejo Diego Gonzalez García, vivió los mejores años de su vida cuando nació mi hija y se encargó junto a mi madre de cuidarla de la mañana a la noche y jugar con ella casi todos los días. Hasta que tras diez años de felicidad su madre la quitó fulminantemente de nuestras vidas sin explicación alguna. El fascismo volvió de nuevo a su dura existencia: la tristeza, el dolor, las reprimendas, la desaparición de lo que más queríamos, una propiedad que les costó tanto trabajo pagarla.
En poco tiempo a mi padre se le manifestaron los primeros síntomas de su demencia. Acelerados según la neuróloga por el enorme disgusto de perder a su nieta querida.
En esa deriva mental que me tocó vivir con el hasta su muerte en octubre de 2018, observé su progresivo deterioro cognitivo donde fue perdiendo los elementos esenciales de su identidad y conciencia. Hospitalizado durante meses, luego en casa por la vergonzosa alta de un médico corrupto sobre un hombre con la salud destrozada, solo recordaba un suceso de su pasado. Era asombroso como relataba hasta el último detalle, de forma minuciosa los brutales momentos de aquella Nochebuena del 36, cuando los falangistas asesinaron a Braulio, su hermano pequeño durante un registro buscando a mi abuelo evadido:
-Penichet, Paco Bravo, Manolo Acosta, Juan Santo, el guardia Pernía, vestidos de azul entraron como fieras y delante de mi madre, mi tía Rosa y mis hermanos Paco y Lorenzo, sacaron al bebé de la cuna por una pierna y le destrozaron la cabecita contra la pared de la habitación- decía.
Lo repitió durante año y medio, día tras día como un mantra, hasta pocas horas antes de morir, balbuceando, susurrando, gesticulando, sacando no se como de su destruido cerebro por la enfermedad, los últimos resquicios de su memoria.
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