«Se lo llevaron a Juan Tejera, mi padre; y no le dejaron ponerse los pantalones aquella madrugada, mi madre, Frasquita González, les preguntó por su destino y los falangistas le respondieron de mala forma que donde lo llevaban no necesitaba ninguna ropa. Los cuatro hermanos nos quedamos allí mirando desalados en un rincón, llorando, solo mi hermano Juan intentó darle un abrazo pero lo empujaron como fieras contra la cama y se quedó paralizado varios días sin poder hablar…»
Lolita Tejera González
Un 6 de mayo de 2020, casi el Día de la Madre, era sábado y charlabamos tranquilamente tras su breve siesta diaria. Salió al patio de los helechos y hablándome como si nada de algo muy gracioso, una arteria inalcanzable de su cerebro se obstruyó por un errante trombo sin rumbo.
Ya me había dicho meses antes que cuando ella partiera para siempre me marchara, vendiera la casa de los ancestros y me fuera lejos de las islas:
—Te han hecho mucho daño estos panzistas del Cabildo y Ayuntamiento. No te merecen. Sigue en otro lugar más allá del mar. Lejos de las islas. Donde te quieren está la felicidad- le hice caso.
Por extrañas causalidades hoy es su aniversario, un día antes de un acontecimiento muy especial, donde ella seguro hubiera estado puño en alto exigiendo justicia y reparación.
Dicen que nada es casual. Por eso no puedo evitar recordarla. Tanto sufrimiento, como se rieron de ella y de mi padre los que siguen ocupando poltrona política y sueldos millonarios, cuando pedían algo tan justo como excavar una fosa común.
Pero en lugar de cumplir el deseo de unas familias trabajadoras lo enredaron todo por oscuros intereses:
—Ellos aunque aparenten otra cosa también son franquistas y no quieren que se encuentren jamás los restos de tanta gente noble y buena asesinada por sus ideas- me dijo un día mientras la lluvia regaba el jardín salvaje de la vieja casa de Tamaraceite.
Hoy le rendiré tributo a mi manera, sabiendo que vamos a vencer.
Ese será su más bello y merecido homenaje.
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