29 noviembre 2022

Lópe y la masacre

The Triumph of Poverty (El triunfo de la pobreza) de Nicole Eisenman (Verdún-Francia, 1965).

«Con la guerra aumentan las propiedades de los hacendados, aumenta la miseria de los miserables, aumentan los discursos del general, y crece el silencio de los hombres».

Bertolt Brecht

Lópe, como le llamaban al mayordomo del Condado, tenía fama de mujeriego y de abusador, sobre todo con las chiquillas, por eso no había madre que de Casa Pastores a Veneguera no tuviera cuidado con sus hijas por si aparecía aquel personaje con su coche negro, el mismo que utilizaba con sus amigos de Falange para sacar hombres de sus casas y desaparecerlos para siempre en cualquier pozo o agujero volcánico.

Era como parte de aquel paisaje de explotación, derecho de pernada, esclavitud, pobreza extrema, hambre, maltrato, crímenes salvajes, tortura. Su tez morena, su rostro sonriente contrastaba con aquel gesto siempre atroz, siniestro, oscuro, maligno, de que en cualquier momento podía sacar la pistola que llevaba al cinto y acribillarte a balazos.

El miedo que generaba en la aparcería era generalizado, iba cada día a la casa de su «amo», como le llamaba a su adorado «don Jandro», allí le daba novedades de como iban «las tierras y la servidumbre», el cacique lo trataba con desdén, no era mutuo el cariño, también para él tenía categoría de esclavo, pero un siervo con otro nivel, con permiso para matar y abusar cuando quisiera, siempre y cuando le fuera informando de sus vejatorias «hazañas».

El viejo noble se reía carcajadas de las historias de su sicario:

-Hay que darle por culo a las mujeres y a las hijas de los rojos no lo olvides nunca Lópe, ya lo dijo su excelencia el Generalísimo, causar el máximo dolor en el menor tiempo posible a estos hijos de la gran puta, este populacho piojoso que ha querido rebelarse contra todos estos años de prosperidad y Santa Cruzada- le decía echándose juntos un par de rones aldeanos en la vieja hacienda del barranquillo de El Tablero.

Por eso era tan odiado, sus provocaciones eran más que habituales en cualquier reunión o asamblea de trabajadores antes del golpe fascista, se rodeaba de verdaderos maleantes que iban con porras o barras de hierro metidas bajo las chaquetas, por ese motivo lo celebraron tanto con aquellas borracheras interminables desde la noche de aquel triste sábado 18 de julio de 1936, cuando les autorizaron cometer todo tipo de atrocidades, sin ley ni orden, incluso hasta al margen de las directrices del jefe provincial de los falangistas, el criminal empresario tabaquero.

Con los años fue creando su imperio siempre de testaferro del amo, siempre bajo su tutela, montando ya en los sesenta durante el llamado «boom turístico», toda aquella infraestructura gigantesca, con maquinarias compradas a la mafia colombiana, que fueron llegando por mar al Puerto de La Luz, arrasando por multitud de playas vírgenes, rincones por donde apenas había transitado lo que luego llamaron «especulación salvaje».