20 abril 2021

Lorenzo en el corazón

Lorenzo González García (Archivo familiar fusilados de San Lorenzo)

«El niño se mamó todo lo triste, nuestros llantos durante meses hasta la madrugada, las humillaciones de los fascistas que venían por la casa de Tamaraceite a reirse de nosotras a meterse en nuestra cama, Lorenzo nos abrazaba y no decía nada, estuvo sin hablar muchos meses tras el asesinato de Braulio, le tocó lo peor, lo más triste que puede vivir un ser humano».

Rosa García López

La terrible experiencia para un niño de menos de cuatro años, quedarse solo con su madre y su tía tras el asesinato de su hermano Braulio a manos de los fascistas, después del secuestro de sus hermanos Diego y Paco para ingresarlos en el hospicio falangista de la Casa del Niño, centro neurálgico del abuso sexual infantil por parte de curas y monjas, del robo y venta masivo de niños.

Lorenzo González García, mi tío Lorenzo, era parte de mi familia, un engranaje fundamental con mi padre Diego, hermanos no solo de sangre, sino de sufrimiento atróz, de ver como el fascismo organizado destrozaba a nuestra familia con varios asesinatos que aún en la actualidad continúan impunes, tapados a conciencia por quienes gobiernan o se consideran los dueños de las islas.

A Lorenzo le tocó cargar con ser receptor de la tristeza infinita, la que habitaba en mi abuela Lola y en mi tía Rosa, un tipo de pena imposible de sacar de lo mas profundo del corazón, la desesperación de ver asesinar a un bebé de cuatro meses destrozandole la cabeza contra la pared de la habitación la noche de Navidad de 1936, el fusilamiento de su padre, mi abuelo Francisco, el 29 de marzo de 1937, la terrible persecución sobre mi familia, que aún hoy sigue vigente y que se manifiesta no solo en humillar, ridiculizar, amenazar por parte de todo tipo de tecnócratas del sufrimiento a nuestra familia, sino en encubrir y tapar los crímenes fascistas, las fosas comunes, las cunetas, los agujeros del horror, para proteger los apellidos nobles de los genocidas.

Lorenzo eligió el camino más duro, el del dolor incalificable, aún así tuvo fuerza para afiliarse al partido de la clase trabajadora, para las reuniones interminables de la clandestinidad. Un día que mi padre lo trajo a casa para librarlo de una detención y de la posterior brutal tortura, me dijo, que estábamos condenados en nuestra familia, que lo mejor que podía hacer yo que estudiaba y escribía, era marcharme de Canarias, tomar el camino del exilio, que ahora tantos años después he tomado de forma consciente, triste y cansado de tanto caciquismo político, ese que tiene las manos manchadas de la sangre de un genocidio de más de 5.000 hermanos y camaradas brutalmente asesinados y desaparecidos.

Mi prima Pino Pino Gonzalez, la hija de Lorenzo, que fue la persona que más lo quiso en esta tierra me entiende a la perfección, es de los pocos seres que conocen a fondo nuestro dolor, nuestro trauma transgeneracional por violencia política, que sufrimos desde que nos salieron los primeros dientes.

Ella es una mujer libre que sabe estar para el abrazo cercano cuando uno se hunde del todo, para la charla secreta, para la complicidad guerrillera, nos reímos mucho a pesar de tener a nuestros seres queridos en una fosa común que en menos de una semana se podría exhumar de existir voluntad política. Hablamos habitualmente de esta mafia que gobierna las islas, de como se les ve el plumero de lacayos, de esbirros del fascismo en pleno siglo XXI.

Estas letras van dedicadas a ella desde lo más profundo de mi alma, por Lorenzo, por Braulio, por Rosa, por mis abuelas y abuelos, por mi madre y por mi padre, por mis ancestros, por Lorenzo «Pancho Villa», el niño que corría las calles de Tamaraceite con los ojos abiertos y los puños cerrados pidiendo: Revolución, Justicia, Pan, Trabajo y Libertad.

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