23 septiembre 2020

Los pozos de la masacre

Imagen: Rendición de milicianos republicanos en Somosierra (1936).

«(…) Los camiones cargados de hombres siempre hacían una parada en la finca de Los Ascanio, allí dejaban a los que estaban más jodidos por las torturas, los ponían aparte en otra formación, daba miedo verlos llenos de sangre, desfigurados, con las ropas rotas, descalzos, algunos con solo una alpargata, llenos de heridas. Los jefes falangistas que dirigían la vaina decidían que hacer con ellos, si los tiraban a los dos pozos de la hacienda o les pegaban un tiro en la nuca y los enterraban en cualquier terraplén por allí pabajo. Los trabajadores estábamos llegando a esa hora de la madrugada y veíamos todo aquello sentados al lado de los alpendres. Eufemiano era el que organizaba todo el tinglado y si ese día no estaba eran Rubio Guerra y Del Río Ayala los jefes, bebían mucho ron del Charco, algunos fascistas estaban que no podían mantenerse de pie, yo creo que pa poder cometer aquellos crímenes tenían que estar templados, que ninguna persona normal podía ser capaz de aquello. Aunque allí se veía mucho maltrato, la forma en que trataban a los presos era terrible, no los dejaban moverse, si levantaban la vista les jincaban un culatazo en la cabeza, si hablaban les podían pegar un tiro directamente, todo eran patadas, puñetazos, latigazos con las pingas de buey las varas de acebuche. Me acuerdo ver tirando hombres al primer pozo, al segundo nunca vi, pero me dijeron que no tiraban porque ya habían tirado a muchos. Los camiones se quedaban allí o se marchaban a buscar a más presos, entonces subían caminando hasta la Sima con aquellos pobres amarrados con las manos a la espalda, delante iban varios falangistas y luego al lado de la fila iban fulanos con camisas azules armados con mauser y pistolas. Arriba se dice que tiraron a cientos al fondo del volcán, que de noche se oían llantos y quejidos de los que quedaban vivos colgados de los riscos. Dicen que también tiraron a varias mujeres, nosotros solo vimos a una, que dicen que era maestra en Agüimes, era una muchacha muy joven que trajeron en un coche, no venía en los camiones como el resto, la pobre venía destrozada, así y todo se veía que era muy guapa, tenía gafas redondas con los cristales rotos y llevaba un vestido blanco y negro, estaba con la cabeza rapada y un brazo roto que llevaba al pecho amarrado con una soga. Se la llevaron casi a las seis de la mañana con uno de los grupos que subían en fila hacía la zona de la matanza…»

Fragmento de la entrevista a Ceferino Macías Monroy, vecino de Caserones (Telde) en los años del genocidio fascista en Gran Canaria, jornalero de profesión trabajó en distintas propiedades de los caciques del sureste de esta isla. Testimonio recabado en diciembre de 1992 en el Valle de Jinámar.

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