27 octubre 2021

Imagen de un angelito muerto en México

“Esta semana, como las anteriores, llega martes y no ha llegado tu carta. También empiezo a escribir ésta para que me dé tiempo a echarla después, cuando el correo me traiga la tuya, que no creo que falte hoy. Estos días me los he pasado cavilando sobre tu situación, cada día más difícil. El olor de la cebolla que comes me llega hasta aquí, y mi niño se sentirá indignado de mamar y sacar zumo de cebolla en vez de leche. Para que lo consueles, te mando esas coplillas que le he hecho, ya que aquí no hay para mí otro quehacer que escribiros a vosotros y desesperarme”.

Carta de Miguel Hernández desde la cárcel de Torrijos a su esposa Josefina Manresa (Madrid, 12 de septiembre 1939)

A mi abuela, Lola García, se le vino el mundo encima cuando mataron a su hijo, luego el calvario de la detención de Pancho, aquellos meses de visita en los campos de concentración, primero en La Isleta, luego en Gando, el asesinato de Braulio le quitó las ganas de vivir, estuvo semanas sin poder articular palabra, una afonía que no se le quitaba con nada, ni con la miel y limón que le daba su hermana Rosa cada noche.

Se quedaba horas anonadada junto a la cuna de madera mirando su interior, en el pequeño colchón de paja solo una mancha de sangre, algunos juguetitos, el sonajero que nadie volvió a tocar, a dibujar en el aire, desde el preciso instante terrible, el crimen cometido por el falangista aquella noche de diciembre de 1936.

Lola, observaba el interior del pequeño lecho, como si pensara que de repente el tiempo iba a correr hacia atrás, que todo había sido una pesadilla, que el chiquillo iba a aparecer de nuevo riendo, loco por pegarse a su teta y extraer aquel néctar lácteo de la vida que se le quedó dentro, que se fue secando como el sol del verano seca las flores más bellas.

Por toda aquella tristeza hasta el procesamiento y condena a muerte de su marido parecía secundario ¿Era posible sufrir más por un fusilamiento que por el crimen impune de su hijo? ¿Habría más pena en aquel laberinto de tristeza?

Cuando iba con sus hijos a ver a Pancho se quedaba apoyada en la alambrada, cabeza gacha, ojos tristes, rostro oscuro, como el silencio de la muerte.

Su marido la miraba, la conocía a la perfección, sabía el sufrimiento que tenía dentro, clavado como una estaca en lo más profundo de su corazón, por eso solo le daba conversación a los chiquillos, les gastabas bromas, fingía estar en una especie de circo con trapecios de reja.

Los falangistas y militares lo escuchaban todo, se colocaban en medio de las dos alambradas, como si fueran capaces hasta de leer los labios, buscando la mínima consigna, cualquier expresión de rechazo a lo establecido, alguna lágrima, tal vez con un color distinto, una brizna de esperanza.

Lola, lo perdió todo aquella noche de Navidad, su vida dio un giro infinito, ya jamás volvió a ser lo que era, que le mataran a Braulio superaba todos los límites del dolor, su esposo lo sabía, por eso le hubiera gustado poder abrazarla, amarla eternamente, aunque fuera imposible quitarte ese cuchillo enterrado en las entrañas del alma.