26 mayo 2022

Malena, la perra

Perra de la luna – Rufino Tamayo (México)

«(…) Es su frescura tierna,
la comunicación de su ternura,
y allí me preguntó
con sus dos ojos,
por qué es de día,
por qué vendrá la noche,
por qué la primavera
no trajo en su canasta nada
para perros errantes,
sino flores inútiles,
flores, flores y flores…»

Pablo Neruda (Oda al perro)

La perra estaba tan unida a Santiago Trujillo Cerpa, que lo siguió cautelosa cuando lo bajaban detenido por los callejones del barrio de San Juan en Las Palmas, a poca distancia miraba con sus ojos marrones de mestiza ratonera como recibía los golpes de los falangistas.

Santi, le pedía que volviera para la casa, pero su amiga canina movía el rabo y no se iba, tan solo se paraba un momento alucinada ante aquel bullicio inexplicable para su noble cerebro, luego seguía sin entender porqué aquellos hombres maltrataban de forma tan salvaje a su adorado compañero.

Lamió el reguero de sangre que iba dejando el joven comunista, era salada como el agua de la playa de La Laja, la saboreó con tristeza y percibió el sabor de la muerte, pasó mucho miedo cuando el falangista, Carlos Barber, le propinó una patada que la lanzó contra la pared de picón de una casa.

Malena, con su cuerpo magullado, impregnado de tristeza, los vio doblar la esquina y en el Paseo de San José los esperaba un camión que olía a plataneras con hombres amarrados de pies y manos que la miraron sorprendidos. Ella sentada junto a unas piedras contemplaba el horror de Santi, supo que ya no la llevaría más a recorrer la montaña junto a la batería militar, el vehículo partía hacia el sur de la isla, su instinto le indicaba que para no volver más nunca, fue en ese preciso momento en que unas manos la elevaron del suelo con suavidad, era Marisa la de la tienda, le dijo:

-Vamos mi niña no estarás sola, ahora vivirás conmigo-

Las dos partieron hacia la zona del hospital San Martín de Vegueta, en cada esquina había hombres armados, desfiles, cánticos, curas y monaguillos rezando, se escuchaban disparos que la asustaban tanto como los voladores y petardos, era como si el mundo fuera una inmensa bola de fuego, Santi ya era un recuerdo y solo habían pasado unas escasas horas, su olor y su ternura quedaron para siempre grabadas en su diminuto corazón herido.