6 mayo 2021

Mamporrero

Ilustración de ANA GALVAÑ

«¿Quieres bajo la tierra? Bajo la tierra quiero porque hacia donde corras quiere correr mi cuerpo. Ardo desde allí abajo y alumbro tus recuerdos».

Miguel Hernández

El sesudo historiador con sus vaqueros excesivamente estrechos, marcados en su sexo, en sus piernas, también en su mente, inició su intervención diciendo que mi abuelo había sido un «mamporrero», que en las huelgas antes del golpe del 36 sacaba el puño en defensa de la República, que no era un hombre importante en los sucesos de nuestro pueblo, que ni siquiera sabía leer y escribir, luego sin ruborizarse afirmó que los que fusilaron no eran «los importantes», aunque fueran el alcalde, el secretario municipal, el jefe de la policía y dos más también del Frente Popular.

Que los relevantes en el municipio eran otros que no fueron condenados a muerte, ni desaparecidos. Yo no dije nada tan solo sentí tristeza, vergüenza ajena, ni siquiera pude odiarlo porque para mí son todos igual de valiosos en el engranaje de la lucha por la libertad. Aquella patética reunión no era más que una excusa, un paripé, una ocultación más de la verdad por parte del absurdo concejal y su trouppe de cómicos con olor a neftalina y farsa.

Con los años no he podido asimilar aquellas palabras, las pienso como el desvarío de una especie de psicópata egocéntrico. Tal vez debí enfrentarme, decirle lo que pensaba de su parcial y elitista visión de la historia, de lo fácil que era hablar, opinar, sentar ridícula cátedra, viniendo de una familia sin asesinados por el fascismo, desde una prepotencia añeja, la misma que llevó a tantos criminales a cometer el peor genocidio de nuestra historia tras la mal llamada «Conquista».

Aquel encuentro en la tercera fase de la miseria humana, no fue más que el presagio de una fosa común cerrada para siempre, la vulneración de los derechos de miles de familias, la repetición de los fusilamientos, ahora desde las voces de las élites, los que tocan el arpa de la frivolidad sin haber vivido y sentido el verdadero dolor, ese que se incrusta por siempre en las entrañas, el que se toma en la leche materna de la desolada madre en una familia destrozada.

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