27 octubre 2021

Memorias del infierno

Guagua antigua de Las Palmas de Gran Canaria (1969). Fedac

«Quien entraba en aquella comisaría de los curas, junto a la playa de Las Alcaravaneras, era difícil que saliera vivo, los falangistas torturadores destripaban, ahorcaban, colgaban por los ojos, mataban a palos o a latigazos, la sangre salía a la calle y la gente pasaba corriendo para no ver aquello, para no escuchar el griterío y los aullidos de dolor de los detenidos».

Benito Monzón Cabrera

Ramón Bermúdez Santana, subió a la guagua destino Tamaraceite en la zona de El Puerto por la puerta de atrás, antes era permitido, porque quien cobraba era un cobrador con una bolsa de cuero colgada, una tapa de Clipper con una esponja dentro para humedecer los dedos con los que entregar los billetes.

Estos trabajadores de Jardineras Guaguas, tenían la capacidad de mantener el equilibrio con el vehículo en marcha, lo que para otros hubiera sido meterse un leñazo, para ellos era como quien camina por una calle asfaltada, llana, sin baches ni obstáculos.

Cuando le tocó el turno a Juan le dio una moneda de cien pesetas, el hombre que llevaba unas gafas con mucho aumento, culos de botella, se decía antes, le dio el cambio con una sonrisa y un comentario sobre el partido de la UD Las Palmas de la noche anterior:

-Tonono está como un reloj- Le dijo.

-No hay delantero que no tenga que dar con él- afirmó luego, algo eufórico por la victoria del «equipillo» sobre el Pontevedra 5-0.

Ramón, o Moncho «El de Jacomar», como le llamaban, había salido de la cárcel de Barranco Seco solo diez años antes, todavía tenía cicatrices por todo el cuerpo de las torturas desde la noche que se lo llevaron de su casa al campo de concentración de La Isleta, luego al de Gando, un historial de dolor indefinible, viendo como habían asesinado en esos años a más de doscientos compañeros del partido.

Llevaba un agujero sobre el ojo, junto a la ceja, una raja profunda en la frente que jamás se le quitó, eran como marcas eternas, el dibujo atroz del sufrimiento ilimitado.

Esa noche venía de la casa de su hermana Julia, que vivía en la calle Viriato, luego fue a tomarse unos rones en el Parque de Santa Catalina, allí tenía varios amigos que jugaban al ajedrez, en unas mesas que les habían autorizado colocar al aire libre, cerca de la dulcería de «Las Alemanas», las partidas no fallaban, aprendió a jugar con figuras construidas con pan en la prisión, su condena fue de cadena perpetúa en Consejo de Guerra, escapó loco de la pena de muerte, como siempre decía, pero luego se pasó hasta el indulto más de quince años encarcelado, sufriendo todo tipo de calamidades.

El viejo bus se encaminó por la calle Fernando Guanarteme, el chófer era un conocido, un tal Vicente, muy gordo, que tenía fama de ir muy lento, casi a paso de tortuga, de hecho cuando se le veía venir despacito, todo el mundo sabía que tardarían más de lo habitual en llegar a sus casas.

Sentado a la mitad de la guagua vio que el asiento a la derecha del conductor, el que tenía un cartel que decía: «Reservado caballero mutilado», estaba vacío, estaba claro que no era para presos o militares republicanos, esos tenían que sentarse donde pudieran y si nadie averiguaba quienes eran mucho mejor, sobre todo los somatenes que andaban por cada rincón de la ciudad, siempre con el oído puesto para dar chivatazos a la policía.

En la parada a la altura de la calle Almanza vio a un hombre que le faltaba un brazo, iba con un bastón, muy bien vestido, el pelo peinado para atrás con brillantina, chaqueta negra, corbata azul y en el pecho un emblema brillante con el yugo y las flechas, también dos medallas que no logró identificar, una tenía un camello y debajo un escudo militar.

Se fijó bien y le sonó mucho la cara, Ramón agachó la cabeza para que no lo conociera, pero el hombre manco iba más preocupado de no caerse que en mirar para los pasajeros, se sentó con un suspiro, como si le doliera todo el cuerpo, tenía el cuello quemado, una quemadura profunda, de las que no se quitan de por vida.

En un rato el viejo comunista se fue fijando en su rostro cuando ladeaba la cabeza para mirar a las niñas que subían, poco a poco lo fue identificando, observó que a cada momento se limpiaba la boca con un pañuelo que sacaba del bolsillo del traje, se le caía la baba por un lado de los labios, posiblemente por el impacto de alguna granada o el disparo de un tanque, el ex preso político imaginó, pensó, que en cualquiera de los frentes donde los fascistas salieron victoriosos.

De repente vio que miraba para atrás, al culo de una jovencita que se subió en la parada del barrio de Las Torres, junto al cuartel de Infantería de Marina, le vio los ojos, con eso le bastó, era un torturador de los que habían asesinado a varios de sus compañeros en la Comisaría de la calle Luis Antúnez, enseguida le vino el nombre: Domingo Márquez Hernández, de los más asesinos, de los más despiadados cuando maltrataba, recordó que su mayor afición era destripar vivos a los reos con navaja de afeitar, colgar por los ojos con ganchos de pescado a los republicanos detenidos, todo eso antes de partir voluntario hacia el frente de guerra.

Por un momento le dieron ganas de levantarse y reventarle la cabeza de un puñetazo, incluso tuvo el impulso de correr hacia él contra la gravedad del vehículo y estallarlo como una pita, le pasaron tantas cosas por la cabeza, hasta que cuando estaba casi decidido, el nazi tocó el timbre, la guagua paró junto a la plaza de Tamaraceite, donde está la iglesia de San Antonio Abad.

Lo vio bajarse, lento, casi arrastrándose, se le movía todo el cuerpo como si fuera un muñeco roto, pasó cerca de Ramón, que lo miró a los ojos con mucho odio y le lanzó un:

-Hijo de la gran puta asesino-

El falangista apresuró el paso con miedo, no se atrevió a contestarle, luego se paró en el rellano junto a la puerta del autocar y le oyó decir algo así como:

-Voy a dar cuenta tuyo rojo de mierda, conozco tu cara maricón-

Pero el bus salió a toda velocidad, Vicente que se había dado cuenta acelero más que nunca, el humo del tubo de escapé lo asfixió, lo cegó, empezó a toser y esa fue la última visión que tuvo de aquel demonio.