«(…) Duerme un poco y yo entre tanto construiré
Un castillo en tu vientre hasta que el sol
Muchacha, te haga reír
Hasta llorar, hasta llorar…»
Luis Alberto Spinetta
Los seis meses que estuvieron refugiados en una vieja casa abandonada del barranco de Guguy fueron claves en la evasión para Ignacio Marrero, muy conocido en el norte de la isla por su negocio de afilador, recorriendo cada páramo recóndito de la geografía insular tocando con el chiflo, aquella flauta de pan que tenía el poder mágico de hacer salir a la gente de sus casas con tijeras, cuchillos, navajillas de afeitar y cualquier objeto afilable, para luego embriagarse con la charla, siempre con tiempo, siempre interesante, tranquila. La voz pausada, bajita, relajante, de aquel hombre pequeñito que desprendía tanta paz, al que apenas le llegaban los pies a los pedales.
“Nacho cariño”, como lo llamaban popularmente, amigo de los niños a los que contaba cuentos sin bajarse de la bici, regalaba pirulís cuando lo seguían corriendo por las calles de cada pueblo perdido de Gran Canaria.
En la desesperada huida iba acompañado por su hija Ortensia, la maestra de escuela, que en el momento del golpe de estado estaba en prácticas en el municipio de Gáldar; una muchacha muy joven y bonita, que de no iniciar la escapada con lo puesto el 24 de julio del 36, hubiera sido carne de violación múltiple y de tortura, para disfrute de los embravecidos pistoleros de Falange.
Se pasaban el día entero en la casa sin asomar la cabeza por seguridad y solo salían sigilosos durante la noche para recolectar algo de comida: tunos rojos (1), almendras, lapas, ordeñar alguna cabra guanil que les dejara acercarse sin perderse corriendo y saltando como loca de felicidad en aquella inmensidad natural o intentar pescar con una vieja caña, para luego de nuevo esconderse antes de los primeros rayos de luz del amanecer en la humilde vivienda de tejado:
-Debe tener trescientos años por las paredes y el techo de cañas y barro- decía Ignacio en el camastro de paja donde dormían juntos, mientras intentaban conciliar el sueño imaginándose de nuevo libres y sin que aquellas bestias de azul estuvieran persiguiendo a tanta gente honrada y buena por sus ideas.
La chica guardaba silencio y lo miraba tiernamente con cariño sonriente:
-Padre esta noche nos bañamos bajo la luz de las estrellas, quiero ver de nuevo las algas fosforescentes-
(1) Higo tinto, el fruto de la tunera o chumbera (un tipo de cactus) que se cultiva en las islas, procedente de América, planta del género Opuntia.
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