27 de julio de 2026

Nostalgia del sueño

Emigrantes canarios en el 'Telémaco' hacia el continente americano

“Mis venas no terminan en mí, sino en la sangre unánime de los que luchan por la vida, el amor, las cosas, el paisaje y el pan, la poesía de todos.”

Roque Dalton

Ese día de julio del 67 había deliciosos “suspiros” en casa de las monjas del Cister de Teror y garrapiñadas de almendras. Esos manjares los trajo Gregorio “El Venezolano”, que tenía una hija en el convento que venía a verla una vez al año desde su exilio al otro lado del océano.

Yo lo imaginaba antes de dormir en un barco entre las grandes olas bajo un cielo de estrellas brillantes acompañado de ballenas que parecían islas en medio del Atlántico. Anita María, su hija, le tenía siempre regalos que la madre superiora le permitía preparar en un paquete para su adorado padre que venía desde tan lejos después de tantos meses.

Sor María ingresó novicia en el convento durante los largos años que Gregorio estuvo en la cárcel junto a mi abuelo Juan, ambos por su militancia comunista. “El Indiano”, como también lo llamaban en el pueblo, salió tres años antes que su amigo Juan, los dos de Tamaraceite y encausados en el mismo Consejo de Guerra sumarísimo.

El hermano del emigrante había sido desaparecido por los falangistas a la semana del golpe de estado. Se llamaba Roberto y era maestro de escuela sustituto en el Colegio Los Jesuitas de Vegueta en Las Palmas. Fue de los pocos seglares aunque tenía unas peculiares creencias religiosas, pero distintas a la mayoría de católicos de aquellos tiempos.

Robe era un joven de veinte años comprometido con las personas más humildes y se dedicaba en su tiempo libre a dar clases gratuitas a los niños empobrecidos de los barrios más desfavorecidos de la ciudad. Les enseñaba a leer y escribir, de cuentas y les contaba de la historia de los habitantes de las islas desde que fueron invadidas por los mercenarios de los Reyes Católicos. Por eso lo mataron, no pertenecía a ningún partido o sindicato, solo por su labor educativa junto a los desheredados de la Tierra.

Gregorio siempre compartía los regalos de Sor María con mi familia, venía de Teror en el Coche de Hora y mi abuelo lo esperaba en la esquina del cruce de San Lorenzo, junto a la carnicería. Las golosinas alegraban la tarde y yo escuchaba las charlas de los dos compañeros de lucha.

Hablaban muy bajito durante horas hasta que oscureciendo se despedían en el callejón, abrazados como si no fueran a verse nunca más.

About The Author