27 julio 2021

Una mujer es subastada para explotarla sexualmente. / ESTÃDAO

«No sólo es que se les rapara, es que eso iba acompañado de violaciones, se les dejaba un pequeño mechón con un lazo rojo, y les colgaban un cartel que ponía peladas por puta».

Dolores Martín-Consuegra, antropóloga natural de Herencia, autora de la ‘Investigación etnográfica sobre los crímenes de género durante el franquismo y la transición democrática’

Lidia solo sintió un fuerte golpe en su cabeza, luego la oscuridad y el traqueteo de un sonido de motor, cuando despertó estaba en la parte trasera de un coche con dos mujeres más, una casi una niña pelirroja, que no paraba de llorar y sangraba por la nariz, la otra una chica de unos treinta años que iba casi desnuda con las ropas desgarradas y lo pechos al aire, por un instante se miraron aunque el hombre de azul que iba sentado al lado del chófer les gritó:

-Aquí no se habla putas rojas de mierda, ahora van a saber lo que son hombres de verdad y no las maricas de sus novios-

La joven maestra de escuela pudo adivinar que iban por la zona de la Playa de La Laja, a punto de atravesar el túnel que conducía al sur de la isla, miró la puerta a su derecha y vio que solo se podía abrir por fuera, el cristal cerrado estaba manchado de sangre, casi no podía respirar y comprobó que le sangraba la cabeza manchando todo su vestido negro de luto por su padre asesinado.

Recordó como se lo habían llevado de la casa de Miraflor el mes anterior, como le dijeron a su madre que solo le iban a tomar declaración y que luego lo soltarían, Manuel Rivero era telegrafista en el Puerto. Luego pasaron las semanas y no supieron jamás donde estaba, se acercó con su madre a la comisaría de Falange de la calle Luis Antúnez y allí le dijeron en la entrada con sorna que lo había soltado la misma noche, que igual se había marchado con alguna puta abandonándolas.

Atravesaron todo el sur en el vehículo negro con una bandera franquista pequeñita como las que llevaban los coches de los cónsules, todo eran tomateros del Conde de la Vega Grande que se perdían en el horizonte, las mujeres aparceras levantaban la cabeza un instante al verlas, ninguna decía nada, ni un gesto, el miedo las tenía paralizadas, aunque todas sabían donde las llevaban.

A las dos horas de camino se metieron por un camino de tierra, ninguna de las tres había estado jamás en esa zona conocida por Pajonales, olía a madera quemada, el coche saltaba como un caballo que no se dejaba domar en cada bache profundo, los falangistas reían y bebían de una botella de ron de caña, no paraban de fumar cigarros Virginio, la cabina del auto apestaba a tabaco negro y alcohol, también al sudor de los hombres que parecía que hiciera años que no se bañaban.

Luego detuvieron el vehículo delante de una casa muy grande, una especie de mansión perdida en la nada:-Esta es la casa de putas sargento Márquez, aquí viene toda la jerarquía a beber y joder- dijo el que iba conduciendo.

Las mujeres parecían fantasmas, tambaleándose con las manos atadas a la espalda, mientras se perdían tras el umbral de unas puertas tan altas como las de un palacio, tal vez la entrada del infierno.

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