4 diciembre 2021

Paredón de lava

3.000 personas fueron fusiladas en la tapia del Cementerio del Este entre 1939 y 1944, según el último censo del Ayuntamiento de Madrid. MIGUEL BRIEVA

«Aquello no paraba, uno tras otro iban trayendo a los hombres para fusilarlos, los metían en unos pequeños barracones y allí iban los curas a ver si se querían confesar antes de la ejecución, hombres, muchachos, viejos y jóvenes, hijos y padres, allí fusilaron a cientos, los tiros se oían en toda La Isleta, cada disparo de gracia era un muerto más, primero el estruendo, después pim pam, parecían truenos, uno tras otro, podías contar si estabas lejos a cuantos habían asesinado ese día».

Demetrio Corujo Hormiga

En el paredón del Campo de Tiro de La Isleta la sangre se filtraba en el picón del suelo, piedras afiladas como navajas de lava seca de aquella ancestral erupción, más de seiscientos hombres fueron allí fusilados según datos de los documentos de los Consejos de Guerra, otros directamente, silenciados, sin pasar por el tribunal militar, a palo seco, sacados a la fuerza del campo de concentración y colocados sin esperarlo delante del pelotón.

Soldados de quinta ejecutaban las órdenes, más de un amigo tuvo que disparar contra otro amigo, eso le pasó a mi abuelo Francisco González Santana, el 29 de marzo del 37, allí estaba Esteban Coello García, el muchacho de Las Torres, compañero de correrías, de cacerías de conejos, de intercambio de perros y hurones, de escopetas de dos caños, de madrugadas juntos esperando con los podencos amarrados que empezara a salir el sol, el compañero íntimo que cuando vio a Pancho se quedó helado, le temblaron las piernas, casi no podía cargar el máuser en su hombro, casi ni escuchaba las voces del teniente Lázaro al grito de:

-¡Carguen, apunten, fuego!-

Le apuntó al pecho como le decían los mandos, al corazón no fallaba, no hacía falta casi ni el tiro de gracia, pero se le nublaba la vista, veía dos Panchos, dos Juanes, dos Manueles, dos Matías, dos Antonios, todos de Tamaraceite, casi hermanos, colegas de taifas (1) y luchadas (2), de partidos de fútbol en el campo junto a la finca de Los Canarios.

Estremecido Coello estuvo a punto mirar al teniente a los ojos y decirle que no lo haría, pero de reojo vio el otro pelotón detrás, el que dispararía de forma inmediata contra cualquier soldado arrepentido, traidor, desertor a la patria, Pancho le hizo una seña, le picó el ojo lloroso, le dijo sin hablar que disparara, que le quitara ya ese dolor, el terrible momento antes del inminente final:

-Póngase firme carajo, que parece que le tiemblan los huevos- le dijo Lázaro con sus dos estrellas de cinco puntas en la solapa, brillantes como la luz de los rayos nocturnos.

El cura canario, don Pedro Lantigua, junto al capellán militar, el capitán gallego, Dionisio Do Camiño, rezaban sin parar, parecía aquello una iglesia al aire libre bajo la fina lluvia y el alisio levantándole las sotanas, se le vieron los calzoncillos al más viejo, rancios hombres, con un crucifijo enorme en la parte superior de un antiguo mástil de bandera, el Cristo parecía interponerse entre el pelotón y los condenados, pero no era más que un espejismo, todos estaban compinchados, allí acribillar a balazos era la consigna, no había tiempo para que entraran los siguientes cinco reos que también acabarían en el suelo como niños recién nacidos, dispuestos al tiro en la nuca, algunos entre convulsiones, con las venas del cuello que parecían reventar.

El amigo disparó, no tuvo más remedio, el estruendo pareció aliviarle la inmensa angustia, luego Pancho y sus camaradas unos sobre otros, arrastrados al camión de la carne, todos con los ojos abiertos, ni los curas tuvieron la ocurrencia de cerrárselos.

(1) La Academia Canaria de la Lengua define Taifas como algunos bailes tradicionales celebrados en locales reducidos, tanda de parejas que bailaban a un tiempo en cada turno, siguiendo las indicaciones de una persona encargada de hacer respetar ciertas reglas, como el orden de participación.

(2) La lucha canaria es un deporte de oposición en el que uno de los dos luchadores intenta derribar al otro, debe tocar el suelo con cualquier parte de su cuerpo excepto con la planta del pie.