2 de agosto de 2026

«La violencia es el último recurso del incompetente.»

Isaac Asimov

En los descansos de las sesiones de tortura en el colegio de la calle Luis Antúnez para tomarse un buche de café o un pisco de ron del charco, siempre había algún falangista con el uniforme azul manchado de sangre, oliendo a vísceras y putrefacción, que sacaba un Rosario y empezaba con el guineo cotidiano casi siempre a la misma hora de la tarde noche:

—Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos Señor Dios Nuestro. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío. Por ser Tú quién eres, Bondad infinita, y porque te amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberte ofendido. También me pesa que puedes castigarme con las penas del infierno. Ayudado de tu divina gracia propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta. Amén…-

Esa media hora aproximada de oración, muchos con pequeñas cruces de madera alzadas. Era el descanso de los torturados, hombres colgados por las piernas o los brazos, mujeres y niñas amarradas en colchones de paja con las piernas abiertas, destrozadas por las violaciones masivas de los esbirros. Gemidos y llantos de quienes agonizaban por los golpes brutales y las heridas abiertas de las navajas afiladas de afeitar.

Luego seguían uniéndose al ritual hasta los menores flechillas que limpiaban la sangraza y las tripas de los reventados o ayudaban a sacar los muertos a los camiones del Conde:

—Señor, ábreme los labios. Y mi boca proclamará tu alabanza. Dios mío, ven en mi auxilio. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén-

Era una imagen surreal verlos allí arrodillados, constreñidos en pleno éxtasis en el patio rezándole a su dios, cuando hacía menos de un instante estaban haciendo tanto daño a personas inocentes detenidas en toda Gran Canaria por sus ideas contrarias a la ola de horror y muerte que se impuso desde la misma noche del sábado 18 de julio de 1936.

El caso paradójico era que había detenidos hechos trizas por el brutal maltrato que eran católicos practicantes y más de una vez en cualquier iglesia del territorio insular habían rezado lo mismo, como hacían en aquella comisaría junto a la playa de Las Alcaravaneras.

Luego como si no pasara nada, de forma automática, muy organizada, se levantaban y cada uno pasaba a la acción de infringir dolor extremo hasta la muerte tras las piadosas plegarias y rogativas.

About The Author