13 de septiembre de 2026

«El barco atunero repleto de hombres se divisaba en el horizonte como un fantasma que barruntaba muerte y horror…»

Antonio Fumero Cabrera

El agua fría del mar del norte de Tenerife, a pocos kilómetros de la costa de Taganana, penetró en décimas de segundo por sus ropas de campesino. La piedra amarrada en su cuello lo arrastró hasta aquellas profundidades infinitas y Juan Domingo, el güimarero, vio como la luz del amanecer del 12 de marzo de 1937 se perdía mientras retenía la respiración para no ahogarse enseguida tragando el agua salada.

Arriba se intuía la silueta de la barcaza militar, el estruendo de otros compañeros que también eran arrojados por la borda, formando aquella espuma brillante por los primeros rayos de sol y que por un instante le recordaron muchos días mágicos de los veranos más felices en la Playa de la Charcada.

No tuvo tiempo de más, sintió como la sal parecía por el picor sanar sus múltiples heridas de la tortura brutal en el cuartel de Santa Cruz.

La gravedad lo llevaba al abismo marino y sus oídos estallaban por la presión. En un instante dejó de sentir envolviéndose en una resignada pasividad, como los peces que dejan de luchar atrapados en las redes. Aquel silencio imposible era el final de su joven estancia en la isla de los sueños.

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