27 de julio de 2026

Pozo Los Molina

Barranco corriendo, de la publicación, “Un paseo por Tamaraceite”, de Esteban Gabriel Santana Cabrera

«Cuando caes al fondo de un pozo y no te matas al golpearte contra los muros laterales sientes el agua como penetra en tus heridas, los cuerpos de los compañeros que amortiguan tu impacto, una sensación de ingravidez y de impotencia cuando vez una pequeña luz allá arriba en la superficie, la utopía imposible de salir del infierno.»

Carlos Cazorla Vera

-Somos dos de Tamaraceite compadre, uno tiene la cabeza destrozada y ya no respira, yo tengo las piernas partidas y un disparo en la barriga- dijo desde el fondo del pozo de unos cincuenta metros, Antonio Rodríguez Santana, funcionario de Correos, vecino de La Montañeta, ante la mirada atónita desde el borde del abismo acuático de José Tejera García, que pasaba por la Finca de Los Molina en San Lorenzo por casualidad ensayando a la joven perrita podenca aquel atardecer oscuro y lluvioso de octubre de 1936:

-Nos tiraron Paco Bravo y José Penichet acompañados del jefe falangista que trajo el coche de los tomates, Juliano Bonny, hace dos noches. Tengo un cinturón amarrado a la altura del ombligo pa evitar desangrarme pero cada minuto estoy más débil- se escuchó como un eco sin fuerza desde aquella profundidad remota:

-¿Pero cómo te saco de aquí? Está demasiado hondo. Espérate, voy a buscar a mi hermano Sindo que está picando piedra en la cantera Mauricio pa ver qué dice él-

Abajo no se escuchó respuesta solo el chapoteo del agua fría mientras la molesta lluvia de gotas gordas con tierra de calima arreciaba y empezaba a correr un riachuelo de líquido marrón por el pedregoso cauce.

La perra estaba asustada con el rabo gacho, temblando por algo desconocido que solo pueden detectar los animales desde su misterioso instinto ancestral.

A las dos o tres horas, en plena noche, llegaron los Tejera con unas sogas gordas y largas:

-¿Antonio estás ahí abajo?- gritó el hermano mayor de cuerpo fornido por el trabajo de picador desde que tenía nueve años-

No sé oyó nada y siguieron gritando mucho tiempo, pero el silencio fue devorado por el clamor insondable de la brutal tormenta.

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