23 octubre 2021

Rayo de fuego

Milician@s en la avanzadilla del frente de Luarca, 13 de agosto de 1936 (FOTOTECA DE MUSEO DEL PUEBLO DE ASTURIAS)

«…¿Quién derribará ese árbol
de Asturias, ya sin ramaje,
desnudo, seco, clavado,
con su raíz entrañable
que corre por toda España
crispándonos de coraje?
Mirad, obreros del mundo,
su silueta recortarse
contra ese cielo impasible,
vertical, inquebrantable,
firme sobre roca firme,
herida viva su carne«.

Pedro Garfias

«(…) Cuando vi entrar a Domingo Fuego por la escalera lateral del Gabinete Literario me temblaron las piernas, yo sabía que era anarquista, pero eso no lo sabía casi nadie, solo Marisa, su compañera, nadie más, lo guardábamos en silencio porqué sabíamos de aquella matanza inevitable, conocíamos bien el corazón de la bestia que se alzaba desde aquellos años de libertad y esperanza. Lo llevaban amarrado a mi amigo nacido en Cimadevilla, en el corazón pesquero de Gijón, carpintero de rivera famoso en la isla, desde que vino para trabajar unos meses y se quedó durante años. Me fije y le faltaba una oreja, le habían cortado también la nariz y tenía un ojo sacado con una cuchara en el mismo coche del falangista Juan Pintona, el conocido arbitro de fútbol que lo odiaba porque jugaba a la pelota como nadie, metía goles hasta con el culo en el Campo España, pero el guaje no quería saber nada de normas, ni de equipos, ni de federaciones, ni de otras mierdas como me decía. Yo estaba de guardia en la entrada del centro de tortura de la élite de Las Palmas, convertido en un espacio para el horror y el crimen, para las violaciones de mujeres republicanas y libertarias, para la destrucción de hombres libres descuartizados con navajas de afeitar. Se me quedó mirando unos segundos cuando lo metían a golpes con el ojo que le quedaba, no dijo nada, no podía hablar, también le habían cortado la lengua en el recorrido entre Bañaderos y la calle Triana. Cuando cambió el turno de guardia quise entrar y ver que había sido de él, pero no me dejaron, dentro se escuchaban los gritos de quienes sufrían el brutal maltrato, nos llevaron en un camión hasta el cuerpo de guardia del cuartel de La Isleta, tuve tiempo de avisar al sargento Fierro, también de Asturias, de que habían matado a Mingo, me miró desolado, no hicimos ningún comentario, las paredes oían, allí mismo a unos cientos de metros fusilaban cada día a cientos de paisanos de la isla en el paredón del campo de tiro. No vimos más al rayo de fuego, solo supimos que aguanto hasta el final con una dignidad imposible de explicar…»

Testimonio de Santiago Castro Cuervo, militar de quinta en los años del genocidio en Las Palmas.

Entrevista realizada por Francisco González Tejera en el barrio de Ciudad Naranco (Oviedo), 17 de marzo de 1989.