Juan García ‘El Corredera’, entrando en la Audiencia Provincial de Las Palmas en 1959 LP/DLP
«(…) Hijo de la rebeldía/Lo siguen veinte más veinte/Porque regala su vida/Ellos le quieren dar muerte…»
Víctor Jara – El aparecido
Desprendía la paz de un árbol antiguo y olía a hierbas aromáticas cuando apareció de la nada y se fundió en aquel abrazo con su amigo del alma. Llegó a Tinoca sobre las tres de la mañana y ya Domingo Santana Armas lo esperaba detrás de la puerta en silencio desde las once de la noche:
-¿Camarada por dónde viniste? Le dijo atónito “Valencia”.
“El Corredera” lo miró en silencio y le habló pausado, bajito, entre susurros, con aquella paz que llevaba dentro por tanto tiempo viviendo en lo profundo de los bosques en soledad, casi veinte años evadido del horror:
-Por ahí pabajo de Azuaje y luego costeando hasta la Cueva Los Pollos- le contestó el fugitivo de leyenda.
Le tenía una botella de ron de Arucas en la mesa de la pequeña cocina con queso duro y pan bizcochado.

Los dos se sentaron mirándose a los ojos entre una energía de complicidad ancestral. Casi no era necesario hablar, ni siquiera salió en la breve conversación antes de acurrucarse en el camastro de la azotea el tema del carnicero falangista de Telde al que le metió cuatro tiros por abusar de sus hermanas y maltratar a su madre.
Allí estuvo dos semanas sin salir al estrecho callejón, compartiendo vivencias, añoranzas, recordando a tantos mártires canarios del pueblo trabajador, conviviendo con la leyenda y la resistencia de un hombre honrado perseguido por el fascismo. Corría aquel triste y gris 57 de genocidio tras el golpe del 36, poco antes de su captura en La Culata, el vergonzoso Consejo de Guerra, la pena de muerte, el garrote vil. Juan “El nuestro”, partió de madrugada, lo esperaba un coche en la vieja carretera del norte. Se dieron otro abrazo. Ambos sabían que no volverían a verse mientras se despedían entre la lluvia torrencial y la oscuridad.
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